Lepanto: la más alta ocasión que vieron los siglos

El 7 y de octubre de 1571 tenía lugar la célebre batalla. España conseguía detener la amenaza musulmana. Y con ello, posiblemente, salvar Europa.

El imperio no atacó sin motivo: los piratas musulmanes diezmaban la población de la costa mediterránea, millones de cristianos fueron torturados y hechos esclavos por los turcos… El acoso otomano era implacable.

En agosto de aquel mismo año, el Turco invadió Chipre. Famagusta cayó tras un cruel asedio. Al firmar la rendición cristiana, los musulmanes se comprometieron a respetar la vida de la población. Pero en cuanto se abrieron las puertas de la ciudad, pasaron a todos a cuchillo. Su gobernador fue desollado vivo y su piel expuesta en el palacio del Pachá.

Felipe II encargó a su hermanastro Juan de Austria que hiciera frente al Turco, literalmente, «a fuego y a sangre». Y así lo hizo el joven capitán, quien, con sólo 24 años, ya se había hecho un nombre tras sofocar la rebelión de las Alpujarras.

Rebelión, dicho sea de paso, absolutamente ilegítima. Carlos I había concedido 30 años a los musulmanes residentes en la zona para integrarse, pero ellos se negaron. Muchos ni siquiera hablaban castellano. Aunque lo peor de su comportamiento era su complicidad con los piratas musulmanes que tanto daño hacían a la población cristiana. Y su rebelión no fue precisamente pacífica: decenas de cristianos fueron torturados y quemados vivos antes de que don Juan de Austria pusiera freno a aquella sangría.

Junto a Juan de Austria, la escuadra imperial sería dirigida por Álvaro de Bazán, Luis de Requesens y Andrea Doria. Y España no acudiría sola a la batalla, pero casi…

Pío V había proclamado la Liga Santa entre todos los reinos cristianos para luchar contra el Turco. Pero nadie respondió. Ingleses y holandeses miraron a otro lado porque preferían una victoria otomana. Y Francia, tan católica ella, ayudaba al Turco en secreto.

Sólo venecianos, genoveses y malteses quisieron pelear con nosotros. Aunque, según las crónicas, tenían tan poca fe en la victoria, que antes del choque ya estaban pactando con el enemigo, lo que provocó varias algaradas con los soldados españoles, que al enterarse de aquellos tejemanejes decidieron tomarse la justicia por su mano.

La leyenda cuenta que el brutal choque tiñó de rojo el mar. Que Juan de Austria ordenó a sus galeras entrar en el golfo formando una cruz y que Alí Pachá formó a las suyas como una media luna. Que la victoria cristiana llegó cuando don Juan prometió la libertad a sus galeotes y éstos se sumaron, luchando contra el turco, a los esclavos cristianos que remaban en las galeras turcas.

La batalla fue descomunal: el choque entre dos mundos. Nosotros teníamos nuestros Tercios, ante quienes temblaba el Orbe. Ellos tenían sus jenízaros: hijos de esclavas cristianas o niños cristianos secuestrados y adoctrinados severamente en el islam y convertidos en tropa de élite.

…Y nuestros Tercios ganaron.

Y cuentan las crónicas que, entre aquel infierno de madera, agua, acero, sangre y pólvora, un joven alcalaíno se batía feroz contra los turcos. Un soldado que había llegado con fiebres y al que habían retirado del frente, pero que había solicitado hasta tres veces a su mando poder entrar en batalla. Un muchacho que había saltado de su catre al escuchar el primer «¡¡SANTIAGO!! ¡¡ESPAÑA!!», porque le dolía más el honor que la fiebre. Un infante al que hirieron tres veces en Lepanto y que siempre mostró orgulloso sus heridas, porque eran el recuerdo permanente de haber combatido en «la más alta ocasión que vieron los siglos».

Ana Pavón

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