La cobardía nos lleva a la extinción

Es increíble hasta que punto llega el síndrome de Estocolmo de esta sociedad. Hasta qué punto el insulto gratuito prolifera. La necesidad de ser dominado, sometido, vejado. Y por supuesto la de esconder la propia cobardía personal en la persecución de cualquier disidente: es necesario forzar a todos al sometimiento para que no destaque la propia estulticia personal.

Cuando veo a alguien llamar gilipollas a otro porque lleva la mascarilla en el codo cuando camina solo y a distancia de los demás, o simplemente porque le sale de los cojones, o cuando veo que se dice literalmente que “las mascarillas con la bandera de España son estupendas porque permiten distinguir a los gilipollas desde lejos” o, peor aun: “los que llevan las mascarillas con la bandera están aquejados del virus del fascismo” es cuando comprendo por qué el virus ha podido arraigar y extenderse de la manera que lo ha hecho. No es solo por su letalidad. Es porque los virus campan a sus anchas en lodazales como esta sociedad de sumisos que “democráticamente” hemos construido para mayor gloria de Orwell.

Las plagas bíblicas son probablemente una alegoría, una parábola de lo que en realidad, entonces como hoy, pasó con la sociedad del momento. Cualquier cosa podía hacer mella en una sociedad corrompida, sometida, lobotomizada hasta la nausea.

Con sociedades dispuestas al insulto, la estigmatización y persecución del disidente ad nauseam caminamos hacia la extinción, y no será el virus quien lo logre, sino la cobardía humana.

Martín Ynestrillas

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