Conclusiones sobre la marcha en torno a una pandemia (II). Las fronteras nos protegen

Alambradas, barreras, concertinas, muros, aduanas y puestos de control. Elementos todos ellos vilipendiados en canciones, libros, artículos, anotaciones en redes sociales de cualquier mequetrefe  o en  intervenciones de políticos u opinantes televisivos. Estar en contra de las fronteras cosecha el aplauso o el «like» y procura el consiguiente chutazo de dopamina. Pero el mero hecho de cuestionar su permeabilidad conlleva al oprobio.

Cerrar las fronteras, ante la expansión del covid-19, venía a provocar la implosión de uno de los paradigmas del modelo de dominación económica y social: la libre circulación de personas. En ese desbordante y unidireccional flujo se cuela mano de obra barata a millones, unas decenas de miles de yihadistas  y una cifra astronómica de virus. De ahí que hayan sido los ejecutivos más sumisos con la agenda globalista, entre ellos el de Pedro Sánchez, los que hayan demorado al máximo, aun teniendo a la pandemia a sus puertas, el tomar la vital decisión de clausurar las fronteras. Medida que, en la segunda mitad de marzo, llegaba tarde. Pero, de haberla hecho efectiva a comienzos de febrero, podría haber salvado muchas vidas 

Por el contrario,  ahí tenemos a los denostados gobiernos del centro  y del este de Europa. Estados que mantienen el control de sus fronteras, que garantizan su soberanía,  y, por ende, la seguridad de sus ciudadanos. Y, pese a la que está cayendo, la prensa de Europa occidental carga inmisericorde, entre otros, contra Viktor Orbán por «su deriva autoritaria» o por su «insolidaridad» durante invasión migratoria de 2015. A fecha de escribir este artículo, 10 de abril de 2020, el coronavirus ha causado la muerte de 174 personas en Polonia,  dos en Eslovaquia y 66 en Hungría. Decenas frente a las decenas de miles de fallecidos en España, Italia, Francia o Alemania. ¿Controles u abrazos?, ¿«muéstreme su pasaporte» o «refugees welcome»?, ¿seguridad o buenismo?, ¿fronteras o puertas abiertas?, ¿vida o muerte? ¿Usted qué prefiere?

Miguel Sardinero

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