Conclusiones sobre la marcha en torno a una pandemia (I). El valor de la familia

Empiezo por lo básico, por el seno de esa pequeña comunidad en la que venimos al mundo y crecemos, que expandimos, por la que damos vida y en la que envejecemos y morimos. La familia fue el primer objetivo a batir de quienes quieren convertirnos en esclavos. La denuestan, asociándola a un arcaico régimen de opresión. La caricaturizan mediante películas y series, ariete propagandístico del globalismo. Y, finalmente, toda una cascada de leyes la minó y bombardeó hasta reducirla a ruinas.

Entre esas ruinas de la célula básica de un pueblo, la familia, los hijos hacen hoy la compra a sus padres, para que no se expongan a contraer la enfermedad. Si es menester, y ante la falta de ambulancias, son los que les han llevado a urgencias. En una incierta despedida, les han dado fuerzas con fraterno apretón de manos o, entre mascarillas, último beso. Si es que disponían de ellas, claro. Son los que día a día se llaman por teléfono para preguntar qué tal están o si necesitan algo. Mamás y papás dedicando el confinamiento a compartir el tiempo con sus peques. Carambolas del destino, el modelo de opresión económico, por unas semanas, ha dado a los progenitores oportunidad de disfrutar de aquello que la vorágine del consumo y de la programada carestía de la vida les arrebata durante años.

Tenemos la otra cara de la moneda. Gente mayor y no tan mayor absolutamente sola y desamparada. «Millennials» cuyo único contacto con otros humanos es ese falso tratar a través de las redes sociales. Que se han dado cuenta de lo hueco y vacío de aquello de «mi familia son mis amigos» cuando con, treinta y ocho grados y medio de fiebre, ninguno de sus colegas quería acercarse a su casa. Personas mayores que, mientras lees estas líneas, yacen fríos y rígidos sobre una cama o tirados en el suelo mientras un perrito gime y lame nerviosamente una mano o un rostro al que, en la más desesperante de los abandonos, se le escapó la vida.

Miguel Sardinero

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