Negándonos a ser rebaño hacia el matadero

Se nos exige por real decreto que nos quedemos en casa. Es así como nos fuerzan a colaborar para paliar en la medida de lo posible los efectos de un virus desconocido y destructor, minimizando el contacto humano y por ello el contagio de la plaga. Lo aceptamos todos en la medida de lo posible, saliendo de casa lo justo e imprescindible, teletrabajando y esperando encerrados a que pase el chaparrón. Otros no tienen más remedio que batirse el cobre, a pecho y cara descubiertos, en hospitales y residencias abarrotados de enfermos y de muertos.

Ahora arrimar el hombro tiene un matiz diferente. Además de trabajar en lo que trabajemos y cumplir con las medidas de prevención necesarias y ahora obligatorias, nos quieren obligar a mantenernos callados. Se nos dice que no podemos protestar, se limita nuestro acceso a las noticias, se promueve la censura y no podemos informar o informarnos de lo que se hace bien o mal, dar nuestra opinión al respecto y tratar de corregir los errores que apreciamos en el proceso, pues seremos sancionados, detenidos o en prisión.

En ninguno de los supuestos del artículo 11 de la Ley Orgánica 4/1981 de 1 de junio, de los estados de alarma, excepción y sitio se limita la Libertad de Expresión o la de información, como parte de esta.

Si alguien no se ha dado cuenta todavía, las declaraciones unilaterales por parte del Consejo de Ministros de los estados mencionados, en los que se limitan ciertos derechos, se utilizan de forma subrepticia para limitar permanentemente otros derechos y para colarnos decisiones que rayan la prevaricación, si no la constituyen completamente. Este estado de alarma no es una excepción, si se me permite el juego de palabras.

Estamos pasando uno de los trances más complicados de los últimos tiempos y son muchos los que intentarán aprovecharse de ello para llevar a cabo sus terribles propósitos.

Nuestros derechos siempre están amenazados y, en gran medida, por quien dice protegerlos. Estamos comprobando lo perjudicial que es la dejación de funciones del Gobierno en cuanto no ya a los derechos civiles sino a la propia vida humana.

Los ciudadanos no podemos dejar de hacer lo que nos corresponde. Nos va la vida en ello, literalmente. Arrimar el hombro, trabajando, colaborando y siendo solidarios, sí, pero exigiendo y compartiendo información que nos permita mantenernos sanos y salvos. Aplicando el espíritu crítico. Exigiendo que quien nos tiene que proporcionar la información lo haga de forma veraz y diligente, porque el tiempo es importante y marca la diferencia, sólo el Pueblo salva a la Nación.

Si quienes informan no hacen más que repetir lo que se dicta desde Moncloa, seremos nosotros los que tendremos que publicar lo que pasa en nuestras calles y nuestros hospitales, nuestros centros de mayores, lo que sufren los autónomos y pequeñas empresas, los trabajadores, las familias…

Cómo escribió Miguel de Unamuno: “Es mejor verdad con guerra que mentira con paz”

Redacción

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