El día en el que La Virgen ayudó a 5000 diablos

Pocos recuerdan que el 8 de diciembre es el día de La Inmaculada porque un 8 de diciembre de 1585, La Virgen tomó partido en favor de los españoles en la batalla de Empel.

Estábamos en guerra, cómo no, con el hereje. Y Empel, ciudad católica, había pedido auxilio a Alejandro de Farnesio. Así que el comandante envío 5000 hombres a protegerla. “5000 españoles que eran a la vez 5000 infantes, y 5000 caballos ligeros, y 5000 gastadores, y 5000 diablos”.

Y aquellos días de diciembre la cosa se había puesto bastante cuesta arriba para nuestros 5000 diablos: El hereje apareció con una superioridad apabullante y rodeó el campamento español.

Holak, el comandante holandés, ofreció una rendición honrosa, pero Francisco Arias de Bobadilla le respondió aquel mítico: “Los españoles preferimos la muerte a la deshonra. Hablaremos de capitulación después de muertos”, que era más o menos el sentir general de su tercio. Y de toda la élite del ejército español, que resulta que era el mejor del mundo. Seguramente por pensar de una forma tan poco práctica. Y tan heroica.

El caso es que el holandés no se tomó muy bien la sobrada de Bobadilla y ordenó romper los diques que rodeaban la posición española para inundarla. Nuestros soldados tuvieron que huir a una colina, donde el hereje siguió machacando con su artillería.

Total, que la guarnición católica era un cuadro: hambrientos, harapientos, heridos, cansados, cavando como podían unas trincheras para pelear hasta su último aliento,… cuando ocurrió algo que hoy sería irrelevante, pero que en 1585 salvó 5000 vidas: un soldado encontró una imagen de La Virgen Inmaculada.

Los españoles del siglo XVI no sólo se diferenciaban de los actuales en su desmedido aprecio por su honor, también se aferraban a su Fe con una devoción formidable. Y el caso es que hoy, el honor y la Fe han caído a los puestos de descenso de nuestra escala de valores, si es que aún podemos llamarla así.

Pero estábamos en 1585. La Virgen Inmaculada había intercedido por ellos. Estaban convencidos. Así que, contra toda lógica, los españoles inutilizaron los cañones, quemaron las banderas, se encomendaron a La Virgen y aguardaron para asaltar al enemigo.

Y milagrosamente, un viento helado congeló durante aquella noche las aguas del río Mosa. Menuda casualidad. En una sola noche.

Y así, la Infantería española pudo marchar sigilosamente sobre el hielo y sorprender al hereje. Y ponerlo en fuga.

Aquel día, Holak sólo pudo murmurar, ante tan inesperada derrota, que Dios debía ser español. Y el caso es que, visto así, sí que parece que Dios era endiabladamente español de vez en cuando.

Ana Pavón

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