Lo sentimos, pero no nos representáis

A todas luces, resulta injusto que un estudiante español no tenga acceso a una beca universitaria y que la Administración la otorgue a esos, en su inmensa mayoría, inmigrantes económicos a los que se les denomina refugiados o solicitantes de asilo. Igual de lamentable resulta el hecho de que, muchos investigadores españoles, tengan que buscar destino para sus estudios y proyectos fuera de nuestro país por falta de financiación pública.

Es también un verdadero desaire a nuestras familias el trato preferencial que, los inmigrantes, tienen a la hora de acceder a ayudas sociales, plazas en las guarderías públicas o becas de comedor. Es lo que los bien pensantes denominan “discriminación positiva” y que persigue, según su criterio, una integración ya desmitificada.

En estos tiempos, en los que el empleo es un bien escaso, no son pocas las voces que se alzan reclamando la prioridad de los españoles a la hora de acceder a un puesto de trabajo.

Como no son pocos los compatriotas que se lamentan de la cantidad de documentos nacionales de identidad –y por tanto de ciudadanías españolas- otorgados a inmigrantes que llevan escasos años residiendo en España.

Sin embargo, y con motivo de las últimas Olimpiadas celebradas en la ciudad brasileña de Río de Janeiro, muchas personas que disienten respecto a este dislate gubernamental, en materia de inmigración o de concesión de nuestra ciudadanía, han defendido la presencia de un buen porcentaje de deportistas de, más o menos, reciente nacionalización en los equipos españoles.

Estos hombres y mujeres, convertidos en españoles por aplicación de una legislación absurda, han ocupado plazas de deportistas que han nacido en España y cuyos ascendientes pertenecen a esta tierra. Buena parte de las ayudas al deporte olímpico –el mermado Plan ADO – han sido disfrutadas por estos deportistas que poco o nada tienen que ver con nuestro país. Algunos de ellos vienen de naciones que hace décadas o centenares de años fueron territorio español y otra parte procede de países como Ucrania o Georgia.

“De bien nacido es ser agradecido” y, por ello, agradecemos el esfuerzo de aquellas personas que, de una manera u otra, intentan engrandecer un país. Pero en estos casos, muchos de estos deportistas, desean adquirir la nacionalidad española por la imposibilidad de competir con sus verdaderos colores debido, en gran medida, al alto nivel exigido en sus países de origen. Hecho que los convierte en una especie de “mercenarios” deportivos. Mercenarios a los que, España, acoge con mucho gusto. ¿Acaso son estos deportistas quienes van a aumentar la competitividad y la nobleza de nuestro deporte?

Podríamos extrapolar el anterior falaz argumento al mundo laboral. ¿Deberían los profesionales españoles ceder sus puestos de trabajo a sus colegas extranjeros para aumentar la competitividad de la economía española? Seguro que los directivos de la CEOE aplaudirían a rabiar esta medida. Sobre todo si, como viene ocurriendo, los profesionales extranjeros están dispuestos a trabajar el doble de horas a la mitad de precio que un español.

En un país con un sentimiento patriótico tan sumamente erosionado como España, la imagen de un deportista extranjero aferrado a la bandera nacional puede causar cierta emoción. Suponemos que muchos alemanes también se emocionaban cuando, en ciertas zonas de los Balcanes, miles de refugiados gritaban: “¡Merkel, Merkel!” mientras ondeaban fervorosos la bandera de Alemania.

Y es que el patrioterismo de pandereta –con ecos del viejo Imperio-, banderita en el polo y lagrimita fácil, suele venirse abajo con la proximidad y la cruda realidad.

Suponemos que muchos de esos que dicen preferir a un extranjero nacionalizado antes que a nuestros, hoy confundidos por el separatismo, españolísimos hermanos vascos o catalanes, cambiarían de opinión en el caso de tener como vecinos a algunos de estos deportistas que ejerzan su derecho a la reagrupación familiar. Tener en el piso de arriba a doce cubanos, en el de la derecha a siete dominicanos y en el de la izquierda a nueve ecuatoguineanos, no resulta muy apetecible. Sobre todo cuando llega el viernes o el sábado, a eso de las dos de la madrugada.

Como tampoco les resultaría grato ver crecer a los retoños de estos vecinos, jugando en un parque que, en unos años, harán de su propiedad y por el que cobrarán un impuesto de uso a sus españoles hijos. El dulce llanto olímpico se tornaría amargo en esta ocasión. Quizá para entonces, cuando sea tarde, más de un patriotero esté dispuesto a devolverles sus relucientes medallas deportivas o instarles a que las vendan para comprar un billete sin retorno a su país.

Asimismo, resulta paradójico observar cómo, muchos de estos españoles que defienden la nacionalización discrecional de extranjeros por un puñado de galones olímpicos, se han mofado de la multicultural y poco francesa Selección de fútbol. Del mismo modo que se rasgan las vestiduras ante la barbarie perpetrada, en la nación vecina, por algunos inmigrantes nacionalizados franceses o descendientes de la época colonial.

-No es lo mismo- dirán para alivio de sus conciencias. ¡Coherencia, señores! Que ya es tiempo de poner las barbas en remojo, porque al vecino se le pelan y hay que andarse con ojo.

Redacción

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