El refugio

Que no os engañen, esta avalancha humana no busca refugio. No os lo creáis.

Mirad las imágenes, y pensad qué está pasando. Hay mujeres y niños, sí, pero sobre todo hay hombres jóvenes. Bien vestidos y con móviles de última generación. Sanos y fuertes.

No voy a preguntar por qué no luchan por su tierra. No les hace falta, vienen a por la nuestra, porque saben que nosotros no pelearemos por ella. Y nuestra tierra mola más.

Que no os cuenten milongas. Aquellos que lloran como plañideras la muerte de un pequeño en la playa, llevan años ignorando la sangre y el sufrimiento de millones de niños iguales que Aylan. Los mismos que han ayudado a las bestias islámicas a instaurar el infierno en la tierra, son los que nos señalan con el dedo, los que nos llaman insolidarios.

No paséis por el aro. No agachéis la cabeza porque no sea políticamente correcto defender lo nuestro. Si esta sociedad ha decidido suicidarse abrazando al invasor, no seáis cómplices.

No os creáis nada. Preguntaos por qué, con la excusa de la guerra siria, vienen oleadas de personas que llevan años viviendo en países donde no hay conflicto.

Preguntaos por qué eligen venir a países lejanos, arriesgando su vida y la de sus niños, cuando pueden buscar «cobijo» en países musulmanes, más cercanos y económicamente boyantes.

Preguntaos por qué tenemos que acatar las decisiones de aquellos que jamás tendrán que convivir con los «refugiados». Por qué las instituciones ponen tanto énfasis en fomentar nuestro complejo de culpa y se han apresurado a tachar de insolidario a todo aquel que simplemente pida prudencia y serenidad. Por qué, a pesar de la evidente amenaza que ésta invasión supone para Europa, los medios sólo ven peligroso nuestro potencial racismo. Por qué nadie pregunta quién va a pagar los subsidios, viviendas y ayudas que, según la ley, debe recibir cada refugiado.

Por qué los europeos preferimos dejar entrar a cualquiera en nuestra casa, pagar su sanidad, el colegio de sus hijos, mantenerlos indefinidamente,…dejarnos pisotear, con tal de que nadie pueda llamarnos racistas. Ni siquiera cuando quienes nos lo llaman, son los mismos que han empujado a esa gente hasta nuestras fronteras.

Por qué pesa más la opinión de los voceros de la tele que nuestro sentido común.

Por qué los europeos nos hemos vuelto tan papanatas que no nos hemos dado cuenta de que, el día menos pensado, tendremos que refugiarnos de los refugiados.

Matria Militia

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