¿Arde París? (II)

“La Ciudad de la Luz, al fin llegamos…” dijo Hitler al bajar del avión. La hora elegida, las 6:00 am, pretendía evitar que pudiera parecer un paseo enseñoreándose ante los ojos humillados de los parisinos. Muy al contrario, quería ver París en una visita personal, sin protocolo, ya que desde siempre se había sentido atraído por sus monumentos e históricos edificios. Le acompañaban los arquitectos Speer y Giessler, el escultor Arno Becker, y el fotógrafo Hoffmann. La primera parada fue la Casa de la Ópera, espléndido edificio neobarroco que entusiasmaba a Hitler, un apasionado de la ópera y de los teatros. El líder alemán exclamó: «¡La Ópera, desde mi primera juventud he deseado ver este símbolo del genio arquitectónico francés!». Las observaciones y preguntas de Hitler probaron lo mucho que había estudiado la obra de Garnier en planos y libros descriptivos.


Siguió después su recorrido por la Madeleine, el Trocadero, la Torre Eiffel, el Monumento al Soldado Desconocido y Los Inválidos. Allí permaneció largo rato contemplando el sarcófago de Napoleón Bonaparte. Al salir le comentó a Hoffmann: “Ha sido el momento más bello de mi vida”. Continuaron la visita precisamente por la Catedral de Notre Dame (en la imagen), la Sainte Chapelle, el Louvre, y para concluir subieron al Sacre Coeur, único edificio que le desagradó. Cuando terminaron la visita a las 9:00, el Führer le dijo a Speer: “Poder ver París ha sido el sueño de toda mi vida, no puedo expresar lo feliz que soy”. En sus Memorias, Speer se asombraba de que alguien pudiera pensar que entre los planes de Hitler estuviera destruir la ciudad que tanto admiraba. Al entrar los aliados en París, ningún edificio y monumento había sufrido daño alguno.
No se puede decir lo mismo de Berlín, Hamburgo, Colonia o Dortmund, entre otras. Los bombardeos masivos anglo-americanos les supuso una destrucción de entre el 50 y el 80% de las áreas urbanas.

Las órdenes de Charles Portal, jefe del Estado Mayor del Aire de Gran Bretaña, habían sido claras: atacar la población civil, no las fábricas y astilleros. Es conocido que aquello le llevó a Winston Churchill a preguntarse “¿Somos unos monstruos?”. Una de aquellas ciudades arrasadas fue Dresde, la «Florencia del Elba». Al finalizar la II GM habían quedado reducidos a escombros todos sus monumentos del Barroco. Entre otros, el edificio de la Ópera, el Palacio de Dresde, el Palacio Zwinger, la Iglesia de Santa Sofía…y la Frauenkirche, en alemán, Nuestra Señora.


Carlos Campano

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