No necesitamos éste feminismo

Después de leer enterito el documento de la plataforma “Hacia la huelga feminista 2019”, se puede concluir que lo han llamado “Argumentario para la huelga feminista” porque llamarlo “29 páginas de chorradas y falacias” a lo mejor no quedaba muy combativo.

Un argumentario que pone de manifiesto que éste feminismo sólo busca vivir de subvenciones, como el resto de corrientes disfrazadas de antisistema que en realidad son apoyadas por todas las instituciones. Por eso se dedican a plantear problemas inventados y nunca proponen soluciones a problemas que sí existen. Porque lo importante para éste feminismo es fomentar un victimismo asfixiante. Vivir resentidas por una discriminación que nunca han sufrido, diluyendo a las verdaderas víctimas en un océano de ofendidas por agresiones imaginarias.

Éste feminismo habla de asesinatos y violaciones, pero no quiere cadena perpetua para delincuentes sexuales. Tacha de violadores en potencia a la mitad de la población por haber nacido hombres, pero pide no generalizar cuando se menciona que un alarmante porcentaje de los asesinos de mujeres son extranjeros. Se queja de vivir en una sociedad patriarcal opresora mientras exige la desaparición de fronteras y da la bienvenida a culturas que lapidan a las adúlteras y mutilan a las niñas.

Éste feminismo quiere adoctrinar sexualmente a los niños desde el colegio. Equivocarles con conceptos inventados sobre diversidades sexuales. Presionarles desde preescolar para decidir si son bisexuales, transexuales, pansexuales o cualquier otra rama de ese entramado urdido hace cuatro días, que nadie entiende, pero que todos debemos acatar como dogma. Exige que las asignaturas se planteen desde la visión de otras culturas, mencionando a la cultura gitana, que como todo el mundo sabe es profundamente feminista. Hasta llega a exigir que se celebre el 12 de octubre desde el punto de vista de las culturas precolombinas, aunque no especifica si los sacrificios humanos formarían parte de dichas celebraciones.

Se queja de precariedad laboral sólo en mujeres, como si no existiera para los hombres. Como si el 95% de los fallecidos en accidente laboral no fueran hombres. Pide cuotas de género para consejos de administración y altos cargos, pero no para asfaltar carreteras o picar en la mina.

Éste feminismo grita que no somos las princesas de ningún machirulo, pero pide que nos bajen el listón en las pruebas físicas de cualquier convocatoria de empleo público. Nos prohíbe trabajar como azafata de Fórmula 1, pero no se pronuncia sobre la prostitución.

Éste feminismo habla de cánones inalcanzables de belleza femenina, como si el ideal de belleza para un hombre fuera Homer Simpson. Como si la obesidad no matara a muchas más mujeres que la supuesta “gordofobia” que tanto denuncian.

Proclaman que son libres y fuertes, pero quieren que el Estado nos proteja hasta del lenguaje “ofensivo”. Sus lemas han degenerado el “Queremos votar” de las primeras feministas al “Sola, borracha, quiero llegar a casa” actual, convirtiendo ideales nobles y reclamaciones legítimas en un esperpento indefendible.

Éste feminismo desprecia completamente el acto femenino que más debería proteger: la maternidad. Tiene la poca vergüenza de afirmar que en el país con el índice de natalidad más bajo del mundo, sólo entendemos el sexo con fines reproductivos. Se limita a pedir aborto libre y jamás exige bajas de maternidad aceptables. No reclama jornadas reducidas razonables ni ayudas para que las empresas puedan asumir bajas maternales mucho más largas y absolutamente necesarias para el cuidado de nuestros hijos. Piensan que cuidar de nuestra familia es una condena, un trabajo desagradable. Y miran por encima del hombro a quienes consideramos que la tarea más importante de nuestras vidas es cuidar de los nuestros.

Ellas, las feministas, histéricas, desagradables, estrafalarias, resentidas, se autodenominan el motor de la sociedad. Pero son incapaces de mover nada si no es para degenerarlo.

Éste feminismo no ha conseguido ninguna mejora en nuestras vidas. Quieren “deconstruir” al hombre occidental y pisotean los valores de la mujer tradicional. Hasta que llegue un día, cuando hayan convertido a todos los españoles en eunucos y los invasores a quienes tanto se empeñan en abrir las puertas se pasen por el forro su lenguaje inclusivo, su diversidad sexual, su empoderamiento y sus taraduras. Y entonces echarán de menos al hombre tradicional, al machirulo que desde hace siglos ha protegido con su vida nuestra civilización, que entonces no les parecerá tan opresora.

Y nos daremos cuenta de que no necesitábamos este feminismo para nada.

Ana Pavón

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