El adiós para siempre de los mejores

¿La globalización, el consumismo y la apisonadora tecnológica están mutilando la capacidad creativa humana? Lanzamos esta pregunta a los lectores, invitándoles a la reflexión. En el tercer aniversario de la muerte de David Bowie, echamos la vista atrás para comprobar, con consternación, el rosario de genios que van pasando a mejor vida sin que se vislumbre recambio alguno. Uno a uno, desde Lemmy Kilmister a Montserrat Caballé, se marchan para dejar un  vacío en la cultura universal que la  desatada superproducción no puede llenar.

Y  se escriben estas líneas desde el respeto y el aprecio al trabajo de quienes trabajan y esfuerzan para crear belleza y arte. Pero algo más que el escepticismo nos hace pensar que, de aquí a cuarenta años, no habrá reediciones en vinilo para coleccionistas del “Despacito”. De los prolíficos escultores, pintores o fotógrafos, de principios de este siglo, más allá de los catálogos de exposiciones depositados en bibliotecas, no trascenderá mucho de aquí a unas décadas.

Porque el siglo XXI ha traído un parón en seco de la creatividad en múltiples campos. Paradójicamente, el aumento desbocado de la producción ha venido de la mano de una mayor intrascendencia, volatilidad  y olvido de  lo creado. Por ejemplo, en el cine estamos instalados en la época de los “remakes” y de las películas de superhéroes. En el ámbito musical, los cabeza de cartel de muchos festivales, en el mejor de los casos, ya han superado los sesenta años de edad. Y los que son jóvenes, al albur de la demanda del mercado, se irán desdibujando y diluyendo con el paso de muy poco tiempo. En pintura o escultura no queda ningún genio vivo. Las artes plásticas han pasado a ser unas disciplinas crípticas, solamente inteligibles para minorías iniciadas. Consecuentemente, las exposiciones de mayor éxito son las de artistas que  murieron antes de finalizar el siglo XX. Hace unas semanas, no sin motivos, Arturo Pérez-Reverte ironizaba sobre los manidos lugares comunes del exceso de producción literaria que, en nuestro país alcanza ya más de 60.000 títulos por año.

El planteamiento del presente artículo suele intentar refutarse con los endebles argumentos de que “ya está hecho  todo” o que “está todo inventado”. Nos negamos a aceptar que exista un número finito de esculturas, composiciones pictóricas, canciones o libros. La capacidad del ser humano dista de haber sido exprimida. Pero, si contrastamos con momentos históricos análogos al actual, parece que las circunstancias no acompañan a una producción artística de calidad. Ahí tenemos, por ejemplo, la excelencia de la escultura de Augusto de Prima Porta, datada en la plenitud de la civilización romana, comparada con otras piezas mucho más vastas y carentes de habilidad técnica, fechadas en el siglo IV o principios del V durante la caída en picado del Imperio.

También se apunta a que estos funestos alegatos son propiciados por la edad y la nostalgia de aquellos que van traspasando la treintena o entran de lleno en los cuarenta. Sin embargo, es curioso comprobar como esa melancolía por lo extraordinario del reciente pasado es compartida por gente más joven, que ni había nacido en los años ochenta o en la primera mitad de los noventa. Porque la sensibilidad y la emoción no conocen de edades, prejuicios o imposiciones comerciales. El hombre conservará lo valioso. Ya sea una escultura de Fidias, las Meninas, una ópera de Mozart, el Sgt. Pepper’s, de los Beatles, o “La tentación de San Antonio”, de Dalí. Y lo demás, la práctica totalidad de lo que hoy se denomina producción cultural o artística, cual anotaciones de un blog olvidado o perfil en red social cerrado, será descartado para siempre.

Miguel Sardinero

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