El terrorismo, ayer y hoy (III)

El lenguaje del yihadismo

La opinión pública occidental piensa que los terroristas yihadistas viven en tierras lejanas, con culturas ajenas y una fe política o religiosa ininteligible. Son, dice Richard Rubinstein, «producto de una historia con la que no estamos familiarizados y que creemos que no nos incumbe. El tipo de violencia que ejercen tiene pocas similitudes con nuestra propia experiencia doméstica», es decir, huelgas, manifestaciones, motines o asesinatos políticos.

El yihadismo reinserta en la política occidental, donde el consenso, el diálogo y el compromiso son hegemónicos, algo relegado en apariencia: que la violencia y el conflicto son el motor de la Historia. Un motor cebado por una actuación ideológica mientras que en Occidente la noción de ideal está devaluada y reducida al consumismo.

Como derivada de lo anterior, el poder del yihadismo, a través de su comunicación, no hace concesiones a la banalización de las ideas. En este sentido, el islamismo es la reaparición de una ideología global más potente que el oxidado marxismo. Precisamente Marx descalificó a los terroristas como “alquimistas de la revolución”.

Occidente se dispersa en la complejidad y la duplicidad, mientras que el islamismo se centra en la unión y la unicidad. Está consiguiendo, en palabras de Cristina Peñamarín, etiquetar a sus enemigos «desde su lenguaje y sus valores». El poder de las palabras, con sus implicaciones morales y emocionales construye un discurso eficaz. George Lakoff nos recuerda que «pensar de modo diferente requiere hablar de modo diferente». Los islamistas lo hacen. Su propaganda es tan descentralizada y dispersa como su terrorismo. Fuerzan al adversario a hablar como ellos, no aceptan hablar como el “otro”. Reducen a su enemigo a refutar su narración con lo que consolida su marco ideológico. Les hemos regalado palabras como mártir cuando un mártir cristiano sucumbe al sufrir la violencia y el “mártir” yihadista muere al practicarla.

El Estado Islámico practica la proclama exuberante, plena de símbolos, galanuras y circunloquios. Su retórica se basa en dictámenes que rigen la vida común: la política. Usan la poética, el estilo metafórico, es decir, la cultura. Ellos no proceden de la racionalidad griega. Su estilo es grandilocuente mientras nuestro lenguaje político es infecundo, banal y poco sentimental.

El yihadismo radical reclama obediencia, un concepto que ha desaparecido del vocabulario occidental, donde celebramos la insumisión y la desobediencia civil. La prensa occidental no entiende un sistema que exige obediencia a los fieles contra esos infieles que se niegan a abandonar el politeísmo y someterse –eso es lo que significa Islam- a Dios. El yihadismo indica a los creyentes el camino a seguir para cumplir la voluntad del Altísimo. Las palabras tienen el poder de crear. Esa obediencia recuerda una cita de Tocqueville: «El apego que uno tiene por el poder absoluto es directamente proporcional al desprecio que siente por sus conciudadanos».

No comprendemos la naturaleza de la propaganda islamista, cuya clave esencial es que ofrece la conversión a una fe, un ideal. El problema de la cultura occidental hoy es su materialismo, sólo ofrece la adquisición de bienes de consumo. Por eso, miles de jóvenes occidentales australianos, americanos, europeos se han unido al yihadismo, se han convertido y combaten. Su propaganda vende la camaradería guerrera entre sus milicias.

Es difícil comprender eso en los países occidentales así que la prensa finge que están locos, enfermos. El resultado es que Europa no está preparada para los atentados terroristas porque los justifica como marginados sociales o enfermos mentales, presuntos casos aislados. Esa es la respuesta de los medios y los gobiernos, en apariencia, cuando hay un acto violento: socializarlo o medicalizarlo. Otro argumento es decir que el mal tiene un gran poder de atracción, con lo que declaramos que el bien no tiene valor alguno. Puede que algunos sean sociópatas o chavales perdidos, desesperados por dar sentido a sus vidas con una causa trascendente.

No vemos la devoción de los europeos por la defensa de los valores de la democracia parlamentaria y la sociedad de consumo tras los ataques yihadistas. Sí vimos la entrega de las decenas de miles de jóvenes que se unieron al Califato. No tenemos noción alguna de comunidad, de obligación civil. En cambio, los muyahidines de la Guerra Santa están en la sumisión y en la obediencia a su ideal, ellos actúan. El yihadismo ha evidenciado que estamos divididos e inermes. Ellos tienen fe en su sistema y nosotros no. La larga dominación mundial de Europa ha extenuado a los pueblos europeos, escribe Feltin-Tracol, los ha llenado de complejos. Se ha producido una desestructuración de todos los valores tradicionales sin su superación. Las desviaciones de la Historia por la tiranía de las minorías engendran una guerra de memorias, narraciones distintas del acontecer que alimenta una victimización retrospectiva.

Destaca Philippe-Joseph Salazar que un soldado del Califato no mata: practica un acto legal de castigo, legitimado por su fe, aplica sus normas. De ahí las arengas que preceden a la ejecución de los rehenes. Es terror y también, propaganda. Escarmienta a los malos musulmanes, al infiel que ofende a los islamistas y ejecuta a sus enemigos. Alá no negocia ni participa en conversaciones.

Ellos ven los regímenes democráticos que sitúan a la persona en el centro de su mundo como un paganismo que hace del hombre un ídolo. Para el creyente el centro del mundo es Dios. Para ellos todos somos cristianos –cruzados- y nos acusan de habernos extraviado de la vía correcta, de la palabra de Cristo, de la fe. Estamos desorientados por la frivolidad, el alcohol, la pornografía… Somos unos idólatras y nuestros ídolos son frágiles.

Además, cualquier crítica a algún aspecto del Islam más violento atrae el sambenito de islamofobia, reduciendo esa crítica a un desarreglo mental o inadaptación social en nombre de la multiculturalidad, la ideología predominante en el mundo occidental. El multiculturalismo, establece que ser crítico es una falta intolerable, especialmente si se juzga a aquéllos cuyo objetivo declarado es abatir y destruir la cultura occidental. Le han regalado al islamismo una desvinculación de cualquier responsabilidad por los actos de sus exaltados. Mientras que sus líderes, en palabras de James Buchanan, «quienes toman las decisiones últimas sobre el empleo de los recursos, no comparten ninguno de los costes del sacrificio». Los líderes terroristas no se inmolan, no participan en atentados, han sido educados en buenos colegios, pertenecen a la clase media acomodada: Ben Laden, Al Bagdadí, Abu Nidal…

Sus atentados no son selectivos aparentemente: ataque contralas Torres Gemelas, contra trenes en España, autobuses y metro en Reino Unido, pizzerías y cafeterías en Israel, mercados navideños en Alemania, zonas de paseo en Francia, en las Ramblas de Barcelona (España)… Atacan a los infieles, sea cual sea su clase y condición.

Según reconoce el investigador Moussa Bourekba, de la Universidad Ramon Llul, la ideología yihadista está calcada de la teoría del choque de civilizaciones enunciada por Samuel Huntington «pero razona en sentido inverso: es Occidente el que declara la guerra al islam y les corresponde a los ‘musulmanes’ luchar, cueste lo que cueste, junto a sus hermanos en esa guerra apocalíptica».

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