El terrorismo, ayer y hoy (II)

Gustavo Morales

Motor del cambio

En lugar de actuar como la chispa detonadora de la insurrección general, véanse los atentados anarquistas del siglo pasado y su paradigma, Mateo Morral, y de quemarse en ese proceso, el terrorista se convierte en un combatiente de largo plazo en una guerra de desgaste, en alguien cuyo deber es luchar y sobrevivir, en el segundo caso con excepciones entre los yihadistas que se inmolan. Lo que encumbra o destruye una organización terrorista es la base política local, lograr la movilización de las masas que desean liderar. El peligro que corren es ir perdiendo los vínculos con el grupo o nación a quien quieren representar.

Si los activistas se entregan por entero pueden convertirse en la palanca necesaria para mover el gran peso de la inercia social. Pero es imposible funcionar simultáneamente como guerrilleros urbanos y organizadores de un movimiento de resistencia popular por lo que muchos grupos terroristas tienen un brazo político: ETA y Herri Batasuna, Hamas y las Brigadas de Ezzeldin Al-Qassam…

Hubo un terrorismo nacionalista y de ultraizquierda

Daniel Cohn Bendit, el célebre Dani “el Rojo” de Mayo del 68, afirmaba: «no necesitamos una organización con mayúsculas, sino una multitud de células insurreccionales, ya sean grupos ideológicos, grupos de estudio…incluso podemos utilizar pandillas callejeras.» Esa praxis la realizó el Frente Nacional de Liberación de Argelia captando como activistas a pequeños delincuentes, lo hace Daesh, lo vimos en los atentados de Atocha.

Los ideólogos marxistas lo explican. Según Herbert Marcuse, «hay que alimentar la insurrección frente al poder de un sistema capitalista totalmente desarrollado que domina la mentalidad del pueblo mediante la manipulación de las instituciones públicas y de los deseos privados, donde se identifican básicamente como consumidores y no como productores». Aprovecharon los problemas que los trabajadores de los países desarrollados creían desaparecidos para siempre y que reaparecen de manera virulenta cuando se produce la desindustrialización.

El propósito de los ultranacionalistas es influir sobre los grupos nacionalistas más moderados, apelar mediante sus cabecillas a sus bases y, en última instancia, reemplazarlos en el liderazgo de la lucha nacional.

Las organizaciones nacionalistas tienden a ser por lo general más grandes y amorfas que los grupos anarco-comunistas. Con frecuencia, como ocurre a la OLP y a Hamas, adquieren la forma de una coalición protectora que agrupa a varios subgrupos ideológicos y que en conjunto reclama el derecho de hablar en nombre de toda una nación. Carecen de una relación de proporcionalidad entre el fin y los medios.

Hisham Melhen, periodista libanés, justifica que «la historia muestra con claridad que cuando una sociedad colonizada u ocupada lucha por la independencia y por la libertad, utiliza en la lucha todos los recursos de su cultura nacional.» Las motivaciones reales son la venganza y la desesperación.

Pero el terrorismo hegemónico hoy es el yihadista y gana la batalla no sólo por la fuerza de su violencia, ejercida contra grupos de ateos, infieles y herejes, sino por su lenguaje.

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