La batalla de Bastogne y… ¿el peor Ejército de la historia?

Tal día como hoy, las tropas del Tercer Ejército de los Estados Unidos, al mando del general Patton, y un dominio de los cielos sin rival levantaban el asedio a la guarnición norteamericana cercada en la localidad belga de Bastogne. La batalla de Bastogne, incardinada en el contexto de la ofensiva y contraofensiva de las Ardenas -“Wacht am Rheim”, para  los germanos, y “Battle of the Bulge”, para los yanquis-, es, junto a Normandía e Iwo Jima, uno  de los grandes hitos militares estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial. Pero, ¿puede considerarse como una gesta la actuación en batalla de los norteamericanos? O, como en tantas otras  ocasiones, ¿Hollywood se desempeñó, posteriormente al conflicto, mejor que los “joes” sobre el terreno?

Para despejar la incógnita, en primer lugar, procedamos a describir  la  situación  general y las fuerzas en combate. El 15 de diciembre de 1944 las tropas alemanas lanzan su última gran ofensiva de la guerra. El Reich saca fuerzas de flaqueza y, contra pronóstico, reúne una considerable cantidad de hombres y equipo en el frente occidental. Esta liza pasará a la historia como la batalla de las Ardenas. El plan teutón -tradicionalmente  calificado como una de las últimas “quimeras hitlerianas” y al que ahora reputados historiadores reconocen su viabilidad- consiste en lanzar una cuña acorazada que, aprovechando el mal tiempo para eludir los devastadores efectos de las aviaciones estadounidenses y británicas, llegue, desde la zona boscosa de la frontera germano-belga, al puerto de Amberes. De este modo, los alemanes lograrían cercar a centenares de miles de soldados enemigos. La intención del Führer es obligar a los Aliados a negociar la paz, para lanzar todas sus fuerzas contra la apisonadora soviética y evitar la doble aniquilación de Europa.

La punta de lanza germana, formada por el “Kampfgruppe” del standartenführer SS Joachim Peiper, pasa de largo de Bastogne en su infructuosa carrera por alcanzar los puertos atlánticos. La plaza va a ser guarnecida por una de las mejores divisiones de todo el Ejército estadounidense, la 101ª División Aerotransportada. Además cuenta con apoyo de elementos de la 10ª División blindada norteamericana.

Es cierto que los hombres de Washington van a quedar en inferioridad numérica. Pero las tropas alemanas que se les enfrentan, pese a su valor y combatividad, no cuentan con la experiencia en combate de las unidades al mando del general de brigada Anthony McAuliffe. Hablamos de la 26ª Volksgrenadier Division -formada por reservistas, tropas de ocupación y restos de otras unidades de las Fuerzas Armadas-, la 2ª División Panzer y la división de entrenamiento de tropas acorazadas “Panzer Lehr”. El cerco apenas dura ocho días, del 20 de diciembre al 27. Pero la propaganda norteamericana, actual y de posguerra, eleva mediante películas, videojuegos y novelas este enfrentamiento a la categoría de epopeya.

En el marco de la Segunda Guerra Mundial, comparada con combates análogos en cuanto a hombres y material empleado, duración o condiciones de los sitiados, la batalla de Bastogne no sería más que una escaramuza.

Ahí tenemos los cercos soviéticos a Cholm, Stalingrado, Budapest o Breslau. En los que los alemanes y resto de tropas europeas, además de a un enemigo infinitamente superior en número, han de combatir en ocasiones, bajo el implacable invierno del este, en situaciones climatológicas infernales.

O los asedios germanos a  Brest-Litovsk o Sebastopol. Pese hacerlo por una causa equivocada, los hombres del Ejército Rojo venderán, en esas batallas, cara su derrota y se aferrarán al terreno con uñas y dientes.

Por no hablar de la resistencia japonesa, materialmente hasta el último hombre, en las islas Gilbert o Saipán. O las cargas “banzai”, a bayoneta calada y sable samurái, de la infantería nipona, para ganar el honor cuando la batalla estaba militarmente perdida, en Okinawa o Iwo Jima.

Abríamos este artículo refiriéndonos, entre interrogantes, al peor Ejército de la historia. Realmente, sería injusto calificar así a las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos. Pero, desde luego, no ha sido el heroísmo aquello por lo que ha brillado y por lo que pasará a la posteridad. Salvo casos de aplastante superioridad numérica, material o tecnológica la participación norteamericana en conflictos bélicos se cuentan por retiradas o quedando en tablas. Ahí tenemos Corea, Vietnam, Irak, Afganistan y, en estos días, Siria.

Los americanos no se han impuesto más que en abusos, como a España en 1898. También podríamos señalar los excelsos triunfos yanquis en Nueva Granada y sobe la Panamá de Noriega, allá por los ochenta. Y sí, efectivamente, participa de la victoria sobre Alemania subiéndose al tren de los vencedores, en 1917, y contribuyendo a la derrota de un Reich que, frente a la URSS, se desangra en el este. Para doblegar a los japoneses requirieron del lanzamiento de sendas bombas atómicas.

La épica en las guerras de los Estados Unidos la han puesto actores y directores de cine. Es posible que para alguna de las próximas tengan que improvisar un nuevo guion. Rusia o China bien pudieran amargarle la película al Tío Sam y terminar éste atragantándose fatalmente con las palomitas.

Francisco Alonso

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