Preferíamos la muerte a la deshonra

7 de diciembre de 1585. Cinco mil españoles esperaban una muerte segura en la recóndita ciudad holandesa de Empel. Pelearían hasta su ultimo aliento, por supuesto; pero no había esperanza en la victoria.

El conde Holak comandaba a los herejes y, ante la abrumadora superioridad numérica holandesa, había ofrecido a nuestros soldados una rendición honrosa, que Francisco Arias de Bobadilla había rechazado con aquel soberbio: “los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra. Hablaremos de capitulación después de muertos”. A los holandeses no les sentó muy bien esa respuesta y decidieron inundar el campamento español rompiendo los diques que lo rodeaban, con la esperanza de que los cinco mil diablos españoles murieran ahogados. Y por si el agua no los mataba, el incesante castigo de su artillería acabaría con ellos.

Así que allí estaban nuestros soldados: asediados, bombardeados, cansados y congelados. Rodeados de agua y herejes en una tierra lejana…Condenados.

Estaba anocheciendo cuando ocurrió algo que cambiaría el destino de todos. Los españoles cavaban las trincheras que posiblemente se habrían convertido en sus tumbas. Y entonces uno de ellos encontró una tabla con la imagen de La Virgen Inmaculada.

Nuestra infantería fue la mejor del mundo durante un siglo y medio. Vencían en desventaja de diez a uno, en terrenos desconocidos y en las peores condiciones. Soldados mal alimentados y mal pagados que hicieron temblar al mundo entero a su paso ¿Que cómo fue posible semejante proeza? Pues porque la fortaleza de nuestros Tercios recaía sobre tres valores absolutos: el patriotismo, la Fe y el honor. Nuestros soldados peleaban a muerte contra quien pusiera en duda cualquiera de estos tres valores hoy pisoteados y olvidados.

Por eso, aquella noche, entre gritos de “¡¡ESPAÑA!!” y “¡¡SANTIAGO!!” los españoles juraron pelear al amanecer hasta las últimas consecuencias. La Virgen estaba de su lado. No hacía falta más señal que aquella.

Y resulta que Dios era español.

Durante la noche del 7 al 8 de diciembre de 1585 el río Mossa se congeló dando lugar a un suceso del que, a día de hoy, los meteorólogos no encuentran explicación. El caso es que aquel amanecer la infantería española marchó en silencio sobre el hielo y venció al hereje.

Y hoy hay quien se permite el lujo de juzgar a aquellos Héroes y despreciar sus valores. Desde la prepotencia moral del hombre moderno es imposible apreciar que quizá si hoy conserváramos alguno de los valores de aquellos soldados, no seríamos enanos juzgando a titanes.

Ana Pavón

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