Rafael Nogales, bajo diez banderas

Gustavo Morales

Hace tiempo cayó en mis manos un libro, procedente de la biblioteca de Vicente Talón: Eran 229 apretadas páginas de las Memorias de Rafael de Nogales Méndez, publicadas en la Biblioteca Ayacucho de Caracas, Venezuela.

El autor, Rafael de Nogales, es un auténtico desconocido en España al ser venezolano de cuerpo y alma. De nacer norteamericano, no hubiera sido menester inventarse a Indiana Jones de mentidas vivencias. Parodiando la definición de español que dio Schopenhauer podría describírsele como un hombre increíble y, sin embargo, real.


Descendientes de conquistadores vascos del Nuevo Mundo, Nogales -traducción al español de su verdadero apellido Inchauste- inicia su andadura estudiando filosofía y letras en Barcelona, Bruselas y Louvain, lo que le convierte en un políglota que hablaba español, alemán, francés e inglés, la escuela de la vida le dará conocimientos de árabe y de turco.


Nogales abandona Europa y tiene su bautismo de fuego en Cuba, con el grado de subteniente del Ejército español, luchando contra los Estados Unidos en defensa de lo que él definió como “el más soñador, peligroso y audaz imperio que el círculo solar jamás haya visto”.


No contento con la derrota, Nogales marchó a organizar revoluciones a México. Asalta trenes y cuarteles; roba ganado. En esas correrías, revólver, tequila y Dª Inés, menciona la presencia de un cocinero chino, John Lee, aparentemente nada más tópico y natural, del que aclara que ni era cocinero ni chino sino oficial del Estado Mayor del Ejército Imperial japonés en misión de espionaje. Con la misma audacia, burla a la Armada venezolana para introducir armas en apoyo de sus compatriotas, a quienes comanda en la batalla. Herido y perseguido, sus andaduras le llevan al servicio de la inteligencia de Tokio en la guerra ruso-japonesa. Bosqueja el plano de puerto Arthur disfrazado de vendedor de relojes, detiene su huida para rescatar a un bebé abandonado a los perros, lo que le vale el perdón y la admiración de sus enemigos.


En esos primeros años del siglo XX, Nogales no le hizo ascos a ser vaquero en Arkansas, minero en Manhattan o secretario judicial en una gélida población de Alaska. Temible con la espada, con la pluma no lo era menos. Su libro denunciando la ocupación militar de Nicaragua, revalidó la inquina del Gobierno de EE UU, que puso precio a su cabeza.


Si no existieran pruebas fehacientes de sus correrías, que le permiten gozar de la amistad del rey Leopoldo y del káiser Guillermo II, nadie podría reconocer al intrépido aventurero en ese atildado dandy que entretiene su ocio temporal en el Centro Español de Londres, teniendo por contertulios a Ramón Pérez de Ayala, Fernando de los Ríos y Américo Castro, entre otros.


En el libro narra su vida con sencillez, en un estilo oral carente de méritos literarios y cuajado de humorismo y humanidad. ¿Hace falta más para dar la talla de hombre? Pues hay más. Como general de división del Ejército turco, conquistó Van con 12.000 soldados, derrotando a 35.000 armenios. La hazaña le supuso el nombramiento de gobernador militar de la península de Sinaí, cuyas experiencias expone en otra obra: “Bajo la Media Luna”. Renunció al ver el trato que los turcos daban a los armenios. Antes, como testimonian sus condecoraciones, se batió en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, ganando una Cruz de Hierro de primera y otra de segunda clase.


Los predecesores de los nefastos Carlos Andrés Pérez y Hugo Chávez en el Gobierno de la noble República de Venezuela le tildaron de “peligroso terrorista, apoyado por bolcheviques rusos y mexicanos”. No pudiendo con él en vida, a su muerte, el ataúd con el cadáver de Nogales quedó abandonado en un almacén fronterizo de su patria en el verano de 1937. Tal es el trato que da la canalla al hombre de honor que había dejado las filas del Ejército francés por negarse a abandonar su nacionalidad venezolana.
“Dios que buen vasallo si hubiera buen señor”. Se llamaba Rafael de Nogales Méndez.

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