Vox y las pataletas

Escribir o decir sobre Vox, a estas alturas, que son unos sionista o que constituyen la disidencia controlada puede que sirva para desahogarse y quedar a gusto. Pero, visto lo visto y conscientes de que aquellos a los que nos pueden interesar esos avisos ya lo sabemos más que de sobra, esas diatribas no le hacen ni cosquillas al partido de Santiago Abascal. Porque millones y millones de nuestros compatriotas desconocen lo que es el sionismo o la disidencia controlada. Y a la exigua minoría que sí lo sabe o le parece una cuestión de frikis o sus problemas son otros. Por lo que se pasan ambos asuntos por el arco del triunfo.

Los hay que dicen que Vox les ha “robado el discurso”. Como si un discurso político fuese un eslogan serigrafiado en una camiseta. Porque de elaborar un discurso poco más que lo anterior se ha hecho últimamente en las mermadas filas del patriotismo. Sí se intentó en fechas tan lejanas como los años noventa. Pero más recientemente no han sido más que esbozos que, sin convencer ni a propios ni a extraños, nos siguieron encarrilando hacia a la incomprensión más absoluta. Las ideas y la actualidad política no tienen copyright. Están ahí. Unos, con cierta sencillez, han sido capaces de sacarles rentabilidad y otros, por el contrario, podemos seguir intentando cuadrar el círculo.

Pero los más patéticos de todos a los que les han caído tan mal los resultados obtenidos por Vox son aquellos que vienen a decir: “¡Eh, escuchad! Rojeras,  periodistas, no digáis que Vox es fascista. Que no. ¡Que el fascista auténtico soy yo, oigan!” Son como los niños y  chavales cuando quieren salir en la tele  y saltan o estiran el cuello detrás del periodista o de la persona que, a pie de calle, se está entrevistando. La diferencia es  que la chavalería puede llegar a tener su gracia. Sin embargo, los enrabietados no tienen ninguna.

Vox, la formación partidaria de la inmigración latina o de preocupantes propuestas ultraliberales, nos ha limpiado la cartera. Ahora, expulsada ya toda la bilis, cabría hacer una lectura política de la situación para ver los escenarios posibles y las vías de actuación que se le ofrecen y le quedan al patriotismo de ruptura y comprometido socialmente. Mucho me temo que los improperios de siempre, por mucha verdad que contengan, o el “y yo más” -es decir, forzar el gesto hasta lo grotesco o ridículo- no nos pondrán en la senda correcta hacia la construcción de un movimiento político alternativo y nacional en nuestro país.

Miguel Sardinero

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