¿Dónde está la Gran Vía?

La Gran Vía es hoy un enorme albañal  por el que transitan masas ingentes de detritos del globalismo y del consumismo desaforado. Toda esta mierda baja, a riadas, por Preciados, la calle del Carmen y por Montera. Para terminar en ese enorme pozo negro del turismo cutre y de masas, salpicado de ecuatorianos disfrazados de Mickey Mouse o Winnie the Pooh, en el que se ha transformado la Puerta del Sol. Haría falta algo con mucha mayor transcendencia,  que unos metros más de aceras o un puñado de árboles, para que la otrora característica y singular arteria de la capital recuperase su esplendor.

Simplemente, la Gran Vía es víctima de esta civilización y de una de sus más temibles expresiones: el multiculturalismo global. El multiculturalismo, en el ámbito urbano,
significa, entre otras cosas,  la aniquilación de la cultura y de las señas de identidad de una ciudad y su sustitución por un maremágnum de franquicias mundiales, establecimientos de comida rápida extranjera de escasa calidad y tiendas de ropa “low cost”. 

La decadencia de nuestra amada Gran Vía viene de lejos. Recuerdo, allá por 1995, el final del mítico el café Fuyma. Un establecimiento abierto en 1931 en el que, en torno a sus mesas, se habían llegado a sentar desde Ramiro Ledesma a Ernest Hemingway. Como un funesto aviso, el Fuyma no pudo soportar el embite de las pujantes cadenas de hamburgueserías y pizzerías. Terminó siendo una sucursal de Caja Madrid y hoy es un asqueroso restaurante franquiciado de comida rápida.

Madrid Rock echó el cierre en el año 2005. Según dijeron, por la piratería y las descargas de Internet. Una de las tiendas de discos más emblemáticas de la capital despedía a sus trabajadores y allí ponía punto y final a su andadura. Actualmente es un Bershka. Los discos terminaron siendo reemplazados por prendas manufacturadas con mano de obra infantil.  

Porque de lo que se trata, queridos amigos, es de comprobar como el modelo global y multicultural ha desplazado y terminado por destruir a la verdadera cultura. Seguiremos constatando, a lo largo de ese triste paseo,  como no puede haber Madrid ni Gran Vía sin madrileños y sin cultura madrileña.

Luego les tocó el turno a los cines. ¡Qué pena…! El Cine Avenida cierra en el año 2007 y se convierte en un H&M. Y, ese mismo año, el Cine Azul, que actualmente es un Friday’s. El Palacio de la Música, buque insignia de las salas de proyecciones madrileñas, baja el telón definitivamente en 2008. Con sus puertas tapiadas, espera a que el Ayuntamiento, ante la presión popular, lo salve de las garras de las franquicias y le dé un destino cultural. También, en 2008, tiene lugar el cerrojazo del Cine Rex. Inmerso en un procedimiento de  regularización urbanística y transformación para uso comercial y hotelero, se encuentra en una situación de abandono y ruina análoga a la del Palacio de la Música. 

Pero aquí no termina la cacería, por parte de especuladores y franquicias, a  los cines de la Gran Vía y sus aledaños. El Cine Madrid, en la vecina plaza del Carmen,  deja de proyectar en el 2002 y ahora es un Media Markt. Los Cines Luna lo hacen en el año 2005 y hoy son, al menos, un gimnasio. Y los Cines Acteón, abiertos en 1995 en la calle Montera, caen en noviembre de 2017.

El ocio nocturno,  en el que los jóvenes y no tan jóvenes escuchaban música, acudían a conciertos y bailaban –manifestaciones  culturales, al fin y al cabo-, tampoco se ha librado de la apisonadora global. Pasapoga, un H&M;  la sala Flamingo –que había cobijado al “Ocho y Medio” o al “Dark Hole”-, parte de un Zara; la sala Arena, en Princesa, aplastada finalmente por un hotel. Este ha sido el fatal destino de alguno de locales madrileños más emblemáticos de la zona de Gran Vía. Que se unen a otros tantos chapados y que podrían contabilizarse por decenas, como Bali-Hai, en Flor Alta, o el Heaven, en la calle Veneras.

El Bazar Mila, al que los amantes del modelismo y manualidades asistían a comprar maquetas o pinturas, tampoco se libró de la quema y pasó a ser una tienda Oysho… ¡Malditos seáis Amancio Ortega e Inditex!

Tampoco pudo resistir, tras medio siglo abierta al público la Cafetería Zahara, que cerró para siempre en 2010 y ahora es un Pull & Bear. Ni Nebraska -con sus tortitas y las salsas de sus hamburguesas- que hizo lo propio en 2017. 

La puntilla a la Gran Vía, o a lo que de ella quedaba, vino con el final de las rentas antiguas de alquiler. La conocida como “casa de las muñecas”, juguetería con 72 años de historia pasó a ser  el “Gran Vía Store” del Atleti. La camisería Hernando, casa fundada en 1857, es hoy  un “Café & Tapas”, que hace las delicias de las decenas de miles de guiris que deambulan por la Gran Vía con bolsas del Primark en ristre. Porque eso sí, las bolsas  de Primark que no falten.  Ya hace falta ser capullo para recorrer miles de kilómetros y venir a Madrid a comprar a un Primark o terminar comiendo en un restaurante franquiciado. 

Ahora, estamos a la espera de la  sorpresa que nos depara la reforma de la “Casa del Libro”, la histórica librería de la Gran Vía. Queda por ver si mantendrá todas sus plantas o cederá espacio al hotel que Cristiano Ronaldo abrirá en el número 29.

Yo, por más que busco, no doy con la Gran Vía. Encontrar algo –ya sea una tienda, un cine o un bar- con raigambre madrileña cuesta trabajo. Hay que rascar y callejear para toparnos con algún retazo, escaparate o rincón de esta querida ciudad. Puede, si las cosas siguen así, que un día sea imposible hallar, entre las huestes urbanitas de turistas y empleados de hostelería,  a algún madrileño. Porque al igual que tiendas, cafés y cines son sustituidos por las grandes firmas, un día terminarán pos suplantar a la gente de aquí, a la toda la vida, por sujetos más rentables y “low cost”. 

Miguel Sardinero

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