Pon una Ana Julia en tu vida

Ahora, en estas entrañables semanas del “Black Friday” y de la vorágine de las compras navideñas, la publicidad, ese catecismo social del globalismo, nos dice a los europeos blancos, sutil o no tan sutilmente, que pongamos a una mujer de raza negra en nuestras vidas. Por insistir machaconamente en el mestizaje multicultural, que no quede.  

Sí, señores y señoritos. Ante las ariscas europeas, empoderadas por el feminismo radical, nuestra amiga la publicidad tiene una solución para todos aquellos a los que años sin fin de juergas y largas partidas a la Play parecen haber condenado, de forma irremisible, a vestir santos. Huelebragas, babosos, sujetos con necesidad de un acceso presuntamente más fácil al sexo femenino y otra serie de individuos con la autoestima por los suelos ya no habrán de sentirse mal por llevar a su dominicana, nigeriana o angoleña paseando del bracito por la calle. “¡Si, al respecto, Mercedes, Peugeot, Skoda, Meetic, Coca-cola y tantas firmas y marcas nos dicen “like”!”

En multitud de ocasiones, este tipo de uniones tienen un caro peaje. Muchas de estas mujeres proceden de países subdesarrollados o de ambientes muy complicados. En su carga genética y, sobre todo, en su entorno familiar el progreso social mediante en matrimonio con europeos autóctonos es un objetivo interesado y expreso. Es decir, que no comparten su vida con un europeo por su barba bonita o por su barriguita de “fofisano” pudiendo hacerlo, la sangre tira, con alguno de sus paisanos. Por otra parte, muchos de ellos, moles de músculos desbordantes de testosterona.

Como decimos, la factura puede tener un alto coste. La publicidad te dice que compres una fanta. Pero, amiguete, las vas terminar pagando todas tú.

Miguel Sardinero

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