Dos hombres distintos, diferentes destinos y el mismo final

Ni aunque repitiésemos siete veces nuestra existencia seríamos capaces de dar a nuestro país lo que José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco ofrecieron a España. La prometedora y brillante vida de José Antonio fue truncada y acribillada a balazos por el pelotón de fusilamiento izquierdista en Alicante. Franco murió en la cama. Pero a los 23 años, el que luego fuera jefe del Estado, recibía un balazo en el bajo vientre y todavía le quedaba que  tragar mucho polvo de los campos de batalla africanos. Es decir, tan joven vertía sangre, y en cantidad, por su Patria.Sin embargo, han sido muchas veces en las que las acusaciones de tibieza e incluso traición han recaído sobre alguno de estos dos hombres. A pesar de que la entrega inconmensurable de cualquiera ellos. Inalcanzable, hasta la fecha, para quienes nuestras mayores hazañas son alguna que otra batallita. Sí, esas victorias pírricas que, con el  paso de los años, van engordándose para terminar, entre copa y copa, en epopeya.

Porque  no es cuestión de ser franquista o joseantoniano, sino de dignidad y justicia. Defender la memoria de estos españoles, en cuanto a patriotas, no debería suponer ningún trauma o complejo. Sobre todo ahora, cuando esas excrecencias humanas a las que les gusta autodenominarse progresistas se han lanzado a una cobarde y rabiosa campaña contra dos cadáveres prácticamente indefensos. 

No se trata de identificarse con la obra de Franco o con las ideas de José Antonio. Realmente, eso puede llegar a ser secundario. La crítica política o el juicio histórico discrepante es algo absolutamente lógico y legítimo. La cuestión gira en torno a que, en la medida de lo posible, toda la basura vomitada por la izquierda genocida no quede sin una réplica. Porque, entre otros motivos, son mentiras construidas sobre mentiras y sobre el rencor hacia España y hacia todo lo español.

Alzar una bandera, poner en marcha un movimiento, levantar a una juventud hasta el extremo de seguir a su Jefe muerto, cual Cid Campeador, hasta a las estepas de Rusia. Ahí quedará para siempre José Antonio, mártir de España. La esperanza que fue arrebatada a un pueblo para alcanzar la eternidad. Ejemplo de integridad humana para generaciones de españoles. ¿Quién puede decir algo remotamente cercano de sí mismo?

Situación próxima al pleno empleo, tasa de fertilidad de 2,79 hijos por mujer, los obreros pagando sus pisos en menos de diez años, la Verja de Gibraltar cerrada a cal y canto, España sin establecer relaciones diplomáticas con Israel y los etarras compareciendo ante el pelotón de fusilamiento. La revolución estaría pendiente y muchas lacras del régimen de Franco habrían contado con determinado acompañamiento coreográfico. Pero la España de 1975, la España de Franco,  comparada con la de Dani Mateo y Carles Puigdemont suena a gloria. 

Parece que, si nadie lo remedia, estos dos hombres entre los que no había mucha sintonía personal y que eran tan distintos, uno abogado y líder político y el otro militar de carrera, y que murieron de maneras tan diferentes, uno asesinado por la República y el otro en la cama de enfermedad, van a compartir un mismo final. Ese final no va a ser otro que la humillante profanación de sus restos y la calumnia sin fin y sin distinción de la memoria histórica. 

Miguel Sardinero

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