La uniformidad del arco iris

Gustavo Morales

La construcción de una identidad es una cuestión política y de voluntad, nos dice el discurso dominante. Por tanto, cada uno, en cada momento, puede elegir incluso el sexo, la raza y la nacionalidad. Por eso hablan de deconstruir, para levantar a su manera. Ese discurso rompe con la narrativa de clase del marxismo tradicional. Es transversal, no horizontal. Vincula a personas de distintos estamentos y clases que comparten luchas minoritarias. La suma de dichas luchas se convierte en un paradigma universal compartido por todo el espectro parlamentario. Se lleva a las escuelas. Han escrito “dime qué no se puede criticar y te diré quién gobierna”. Rosseau ha triunfado más allá de sus más locas fantasías. Pero no existe una pluralidad y una convivencia sino un solo estilo de vida admisible en los parámetros de la nueva doctrina, cuyos oráculos habían sido los medios de comunicación. No se puede hablar del siglo XX si no es para aplicar la más totalitaria de las leyes: la Ley de Memoria Histórica, que nos devuelve al antiguo Egipto cuando un faraón hacía borrar el nombre y el rostro de su antecesor. Está prohibido en muchos países discutir sobre algunos asuntos de la Segunda Guerra Mundial. La prohibición en el nuestro se hará extensiva a la Guerra Civil. Es de Orwell que exista una sola historia oficial y que no sea lícito discutirla.

La moral impuesta no es exclusiva de uno u otro partido. Todos ellos la comparten en ministerios, consejerías, ayuntamientos, colegios, asociaciones y medios. En nombre de la multiculturalidad se impone la uniformidad, al grito de “viva la libertad de pensamiento y muera quien no piense como yo”.

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