Cuando los reyes servían para algo

Ahora está feo recordarlo porque lo que se lleva es ser un rebaño llorica y acomplejado, pero hace un puñado de siglos, por estas fechas, salvamos a Europa. Y no lo hicimos a través de la tolerancia y la democracia, no.

Era 1212 y Alfonso VIII de Castilla se había propuesto sacudir al invasor en todo el hocico. Pero había pillado bastante en Los Alarcos y los reinos cristianos seguían cada uno a su rollo. Así que apeló a la defensa del cristianismo o al típico “no hay huevos” español y buscó el apoyo de los reyes de Navarra y Aragón.

Costó bastante. Sobre todo con Sancho el fuerte de Navarra, que se decidió en el último momento como para hacerse el interesante. Pero finalmente estaban allí. Los tres reyes: Alfonso de Castilla, Sancho de Navarra y Pedro de Aragón.

Hoy nos resulta difícil de entender, pero en aquella época, cuando la sociedad todavía aplaudía comportamientos viriles, reyes y arzobispos guerreaban junto a sus tropas. Imposible imaginar a Felipe y Osoro repartiendo estopa ante una legión de sarracenos.

Hay que decir que, igual que ocurrió siglos después en Lepanto, el resto de reinos cristianos de Europa pasó bastante de nosotros. Se acercaron huestes francas, pero vinieron tan motivados que Alfonso VIII no les dejó pasar de Toledo, después de que la liaran parda en la judería.

El caso es que, cuando llegaron a Las Navas, con la que estaría cayendo en Jaén un 16 de julio, se percataron de que los musulmanes les superaban en número ampliamente. Y además, la orografía del terreno les perjudicaba bastante.

Fue entonces cuando apareció quien el imaginario popular ha considerado como el mismísimo san Isidro, para enseñar al rey castellano un camino secreto entre los riscos, desde donde sorprender al almohade.

Y llegó el gran día. Frente a 70.000 cristianos, 120.000 moros dispuestos a rebanar pescuezos. Y al mando de los moros, el Miramamolín en su tienda, antes muerto que sencillo, rodeado de su guardia de negros fanáticos, enterrados hasta las rodillas y encadenados, para dejar muy clarito lo locos que estaban.

Las órdenes militares marchaban al frente de la tropa cristiana, dándolo todo. Pero los arqueros musulmanes castigaban terriblemente a nuestros antepasados. La cosa pintaba muy mal.

Y a Alfonso VIII ya le daba lo mismo. Había llegado hasta allí para morir o vencer. Y así se lo dijo al arzobispo Jiménez de Rada quien, según las crónicas, contestó al rey: “No sólo no moriréis aquí, sino que triunfaréis de vuestros enemigos”.

Entonces Alfonso VIII cargó con rabia al frente de sus hombres. Y Sancho el fuerte y Pedro II vieron cabalgar al rey de Castilla y no dudaron un segundo: A MUERTE.

Cuentan las crónicas que fueron los hombres del rey de Navarra los primeros en asaltar el palenque del califa. Y que aquellas cadenas, arrebatadas a la guardia negra, son las que descansan junto al rey gigante en Roncesvalles.

Cuentan que la carga de los tres reyes fue una hazaña épica, símbolo y ejemplo del espíritu de combate europeo frente al invasor. Cuentan que aquella batalla decidió la Reconquista y el futuro de España y de Europa.

Y cuentan que así se defendió nuestra cultura: con sangre, rabia y valor.

Ana Pavón

Un comentario sobre “Cuando los reyes servían para algo

  • el 17 julio, 2018 a las 1:01 am
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    ¡Que bueno! Felicidades por el artículo

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