El editorial: Unidad

La pretendida exhumación, por parte del Gobierno del PSOE, de los restos de José Antonio Primo de Rivera y de Francisco Franco es un ataque al patriotismo que va mucho más allá de la adhesión o desafección a cualquiera de estos dos hombres. No importa lo mucho o poco en acuerdo o desacuerdo que se esté con sus respectivas trayectorias, que sea distinta tierra la que acoja al referente político preferido de cada uno o que un proyecto históricamente autónomo actúe como impulso al compromiso con nuestra gente. Puede que la repugnante y cobarde profanación socialista, más que alterar el eterno descanso de unos restos mortales, venga a remover muchas conciencias adormecidas en el voto útil o alentar la de aquellos que, por nuestros propios errores, cayeron en la frustración y el desengaño.

Si una durísima crisis económica, el asalto separatista a la unidad del Estado, las puertas abiertas a la inmigración y la humillante violación a la dignidad de muchos patriotas, que Pedro Sánchez prepara en forma de allanamiento del Valle de los Caídos, pasan sin que en España llegue a constituirse una alternativa nacional de ruptura, sería un acontecimiento históricamente imperdonable. Porque es un hecho objetivo que ningún partido u organización patriota existente cuenta, por sí misma y por sí sola a corto o medio plazo, con unos recursos humanos y medios suficientes para ofrecer un proyecto creíble al pueblo español. Quien diga lo contrario hace algo mucho peor que engañarse, porque está intentando engañar a los demás.

Y habría que señalar, antes de que nadie empiece con las preferencias personales o el desojar a gusto la margarita de las siglas, que sería absolutamente perjudicial para España que todo el descontento generado por los estertores del último Gobierno del PP y por el nuevo Ejecutivo del PSOE fuese capitalizado por opciones políticas que, al centro o a la derecha, se quedan en el mero e ineficaz reformismo. Más allá de cierta beligerancia con el sistema autonómico, la derecha del PP -nos referimos a Vox, de Santiago Abascal- sigue enrocada en el aznarismo, en la defensa de la Consitución de 1978 y en fórmulas económicas neoliberales de marcado carácter antisocial. Vox pretende erigirse en el puntal de aquello que está llevando a nuestro país al borde del colapso: el régimen de 1978 y su Constitución.

Esta necesaria opción de la unidad no pasa por un intrincado encaje de bolillos ideológico, sino por una sencilla, pragmática y obvia confluencia en torno a unas soluciones y propuestas prácticas y factibles para la ciudadanía. Los debates y reproches sobre grandes concepciones doctrinales o cuestiones históricas, además de no haber resuelto gran cosa, no le importan nada a nuestros compatriotas. El español medio no se plantea qué es España, pero muchos españoles quieren una España sin autonomías y sin separatismo. Tampoco si su pensamiento es identitario o no lo es, simplemente exigen el cierre de nuestras fronteras a la inmigración y que la nacionalidad española no sea regalada a los inmigrantes. No se debaten entre una estructura económica o un determinado modelo productivo, pero reclaman poder acceder a una vivienda, empleos y salarios dignos, sanidad y educación públicas de calidad y, todo ello, con preferencia para los españoles. No discuten por planteamientos geopolíticos, pero piden recuperar soberanía frente a los recortes de Bruselas y esos todopoderosos entes llamados mercados. Son muchos los españoles que demandan una sociedad con más valores. Que algunos los denominen cristianos o tradicionales es lo que menos importa. Lo que cuenta es que un buen número de nuestros compatriotas reclaman una auténtica moral frente a la pseudorreligión globalista.

La cuestión es articular un movimiento político, social y cultural realmente amplio. Y cuantas más y más personas sean esperanzadas y aglutinadas por un proyecto más plurales serán las sensibilidades dentro de él. Nadie debe renunciar a nada, sino aportar su trabajo e ilusión para lograr un bien. Que no es el de un partido, organización, persona o ideología concreta, sino el bien común de España. Los frentes para arrimar el hombro parecen no tener fin y las filas, a día de hoy, clarean. Elecciones, acción social, iniciativas para recuperar nuestra historia, medios de comunicación, editoriales y hasta gente que en las calles esté dispuesta a partirse la cara para que nuestra voz pueda ser escuchada.

Determinar las fórmulas para alcanzar ese objetivo unitario no entran dentro del propósito de este editorial. Pero han sido nuestras antípodas políticas -llámense Izquierda Unida, Unidos Podemos, HB o Bildu- las que nos sacan mucha ventaja en este tipo de iniciativas. Por el contrario, no parece que las imposiciones ideológicas y los maximalismos, las líneas rojas a personas u organizaciones, la intransigencia en la táctica o por una mera cuestión concreta, la soberbia o rencores nacidos hace décadas sean el camino más apropiado para edificar una opción política requerida, al menos, por centenares de miles de españoles.

De no alcanzarse esa unidad y de no lograr que sea fructífera ya sabemos el duro camino que nos queda. Nuestros compatriotas seguirán castigándonos justamente con su desprecio e indiferencia debido a nuestra falta de cultura política y estrechez de miras. Seremos testigos hasta de la humillante profanación de nuestros muertos y de su memoria -ya sea José Antonio, Isabel la Católica, el almirante Cervera, los hermanos García-Noblejas, Ramiro Ledesma, Don Pelayo, Franco o el Cid Campeador- sin poder hacer poco más que lanzar un grito de protesta. Desde la impotencia e intrascendencia, contemplaremos como espectadores la destrucción de España. Seremos encerrados en prisión por nuestras opiniones y ello pasará desapercibido para casi todo el mundo. Y hasta puede que un día vayamos a parar a una fosa, esta vez, con mucha más pena que gloria.

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