Honra sin barcos

Gustavo Morales

Hace 120 años, un tres de julio, el almirante Pascual Cervera Topete, a bordo del crucero “Infanta María Teresa”, abrió camino a la flota española para salir a batallar contra la poderosa y moderna Navy de Estados Unidos, atrayendo el fuego sobre él y dar una oportunidad a los demás buques y salir de la bahía de Santiago de Cuba. Nadie intentó huir. En el lado español formaban el crucero acorazado “Cristóbal Colón” sin su armamento principal, tres cruceros protegidos: “Infanta María Teresa”, “Vizcaya” y “Almirante Oquendo”, y dos destructores contratorpederos: “Plutón” y “Furor”. La imponente flota de la Navy eran cuatro acorazados modernos: “USS Texas”, “USS Iowa”,” USS Indiana” y “USS Oregon”, dos nuevos cruceros acorazados: “USS Brooklyn” y “USS New York”, el cañonero “USS Ericsson” y tres cruceros auxiliares: “USS Gloucester”, “USS Resolute” y “USS Vixen”. Cuatro horas más tarde, la flota española era derrotada con 474 marineros muertos. Sus enemigos yanquis tuvieron un muerto y dos heridos graves. Los oficiales navales españoles, ante la superioridad del enemigo, hicieron embarrancar, en muchos casos, los barcos dañados para salvar la mayor cantidad de vidas españolas posibles: 1.889 tripulantes españoles. Por eso sacó Cervera la flota de día.

Antes de la partida, el almirante Cervera arengó a sus hombres: “Ha llegado el momento solemne de lanzarse a la pelea. Así nos lo exige el sagrado nombre de España y el honor de su bandera gloriosa. He querido que asistáis conmigo a esta cita con el enemigo, luciendo el uniforme de gala. Sé que os extraña esta orden, porque es impropia en combate, pero es la ropa que vestimos los marinos de España en las grandes solemnidades, y no creo que haya momento más solemne en la vida de un soldado que aquel en que se muere por la Patria. El enemigo codicia nuestros viejos y gloriosos cascos. Para ello ha enviado contra nosotros todo el poderío de su joven escuadra. Pero sólo las astillas de nuestras naves podrá tomar, y sólo podrá arrebatarnos nuestras armas cuando, cadáveres ya, flotemos sobre estas aguas, que han sido y son de España ¡Hijos míos! El enemigo nos aventaja en fuerzas, pero no nos iguala en valor. ¡Clavad las banderas y ni un solo navío prisionero! Dotación de mi escuadra: ¡Viva siempre España! ¡Zafarrancho de combate, y que el Señor acoja nuestras almas!”. No habló de victoria sino de combate y de honor.

Tras el desastre, cumpliendo su palabra de no permitir el apresamiento de la flota, algunos españoles lograron llegar a las playas y fueron asesinados por los mambises, otros fueron recogidos en el mar por los marinos estadounidenses. Cervera y los hombres de su barco acabaron en el crucero USA “Iowa”, donde el jefe de la flota española fue recibido con honores al ser reconocido a pesar de haber perdido insignias y uniforme. Los marinos del “Gloucester” y del “Iowa“ saludaron al héroe español con gritos de “¡hurra! ”. Evans, capitán del Iowa, hizo la venia a Cervera y le dijo: “Señor, usted es un héroe. Ha realizado la hazaña más sublime jamás registrada en la historia de la Armada”.

 

Cervera fue desembarcado en la base principal de la flota usaca en Annapolis. Los norteamericanos no olvidaban el trato caballeroso que recibieron el teniente Hobson y sus hombres cuando los españoles hundieron el “Merrimac”, antes de la batalla, por disparos certeros de las baterías costeras, del «Vizcaya», el “Reina Mercedes” y el “Plutón”.

En agosto de 1898, el director de la Academia Naval, el almirante Mac Nair, transmitió a Cervera la oferta de libertad para él y sus oficiales bajo la condición de no portar armas. Cervera se negó. Pocos días después, Washington liberó sin condiciones a todos los españoles.

 

Cuando regresaron a su patria los marinos, en septiembre de 1898, el trato que recibieron fue peor. Ningún político se responsabilizó del desastre y se acusó a los militares. El ministro de Marina espetó a Cervera: “Lo siento mucho por todo lo sucedido, General. Supongo que habrá perdido todo en el naufragio”. Le respondió Cervera: “Tiene razón. Perdí todo menos mi honor”.

Antes de la batalla, Cervera había escrito al señor ministro Bermejo al recibir la orden de salir del puerto: “Con la conciencia tranquila voy al sacrificio, sin explicarme ese voto unánime de los generales de Marina que significa la desaprobación y censura de mis opiniones, lo cual implica la necesidad de que cualquiera de ellos me hubiera relevado”.

La flota española entró en la leyenda. Muchos años después, en los homenajes que tributaban a los combatientes en Cuba, Fidel Castro diría en público: “Sentimos un gran respeto por los marinos españoles recordando la hazaña de Cervera, algo inolvidable”. Los analfabetos que le privaron de una calle, cuyo nombre no cito por no unirlos al relato de esta hazaña, tampoco sabían esto.

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