La mujer que ayudaba en silencio

Tan discretamente como había intentado vivir, el pasado 24 de mayo, nos dejaba, a los 88 años, Gudrun Burwitz. Un nombre y un apellido germano que no diría gran cosa, salvo por el detalle de que esta mujer era hija del Reichsführer SS, Heinrich Himmler. Gudrun era la única hija legítima del poderoso jerarca nacionalsocialista. Y tras la derrota europea de 1945, durante cinco años y siendo una niña, conoció, junto con su madre, la particular hospitalidad de los campos de concentración que las democracias instalaron en Alemania.

Mientras que otros hijos de líderes nacionalsocialistas pusieron los más rocambolescos rumbos a sus vidas -casándose con personas judías para, según ellos mismos, “mezclar la sangre aria” o esterilizándose voluntariamente para extinguir así su estirpe familiar-, Gudrum Burwitz, ya al poco de salir del campo de prisioneros, dedicó su vida a ayudar a los camaradas de su padre. Dicen que “honra merece quien a los suyos se parece”. Era 1951 y Gudrum tenía 21 años. Millones de sus compatriotas se pudrían en los campos de concentración en la URSS y centenares de miles de ellos eran encerrados en la parte occidental de Alemania o discriminados por sus ideas políticas.

Y es que es un capítulo injustamente desconocido, sobre todo en lengua castellana, el sufrimiento y violación de los derechos humanos de los millones de militares, funcionarios o simples ciudadanos alemanes cuyo único delito había sido servir a su país denodanamente durante el III Reich. Apenas unas organizaciones, que prácticamente debían trabajar en la clandestinidad, se preocuparon por la situación de estos patriotas. Hablamos de la HIAG (“Hilfsgemeinschaft auf Gegenseitigkeit der Angehörigen der ehemaligen Waffen-SS” o Asociación de Ayuda Mutua de exmiembros de las Waffen-SS) y la Stille Hilfe (“Die Stille Hilfe für Kriegsgefangene und Internierte” o “Ayuda silenciosa para prisioneros de guerra y personas internas”). Fue en “Ayuda Silenciosa”, donde Gudrum Burtwitz auxilió a prisioneros, condenados, exreclusos y exiliados alemanes. Muchos de estos hombres, al salir de su cautiverio, se enfrentaban a un sinnúmero de nuevos juicios o a la exclusión social por su pasado político, cayendo muchos de ellos en el alcoholismo e incluso en la mendicidad.

La labor de la Stille Hilfe no fue pequeña. Siempre al margen del foco de la opinión pública, llegó a influir y sensibilizar a relevantes círculos católicos y conservadores de la RFA sobre el drama que padecían millones de alemanes. Se ha especulado si pudo ayudar a escapar de la persecución de los Aliados a varios militares teutones e incluso a colaborar en la fuga y liberación de alguno de ellos.

Otro de los empeños de esta mujer fue el intentar rehabilitar la figura de su padre. “Mi padre es visto hoy como el genocida más grande de la historia. Quiero intentar cambiar esa imagen”, había declarado en 1959.

Casada con otro patriota alemán, Wulf-Dieter Burwitz, Gudrum fue leal a sus ideales hasta el último minuto de su vida. Algo que no se puede decir de otras personas en situaciones familiares análogas a las suyas. En vez entonar el “mea culpa”, lloriquear en un auto de fe democrático o escribir un libro con el que hacerse multimillonaria, Gudrum Burwitz ayudó a los suyos silenciosamente.

Francisco Alonso

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