Los hijos del 68

Se cumplen 40 años de las elecciones que finiquitaron las revueltas del 68 ¿Qué nos ha llegado de las románticas algaradas callejeras que pusieran a Francia patas arriba? Mucho, más de lo que nos imaginamos. Y la verdad es que nada bueno.

Quien crea que los estudiantes de las barricadas eran comunistas prosoviéticos o los infiltrados del KGB está muy equivocados. Una amalgama de ideas maoístas, anarquistas y filocastristas eran la espina dorsal de este movimiento. La médula, sin ningún género de dudas, el individualismo. Aquellos mequetrefes acomodados no tenían aún noticias de los millones de chinos que estaban siendo masacrados en la Revolución cultural e, ingenuamente, suponían que Fidel era aún una tercera vía.

De hecho, el Partido Comunista de Francia no se decidió a apoyar a los estudiantes hasta que no les quedó otro remedio. Los viejos comunistas desconfiaban de los estudiantes, a los que consideraban burgueses. Cuando los sindicatos comunistas arrancan al jefe del Estado galo, Charles de Gaulle, la subida del 12% de los salarios y el 35% del mínimo interprofesional y una semana más de vacaciones desconvocan huelgas y piquetes. La derecha francesa gaullista arrasá en las elecciones.

No hubo cambio de las estructuras. Los estudiantes se licenciaron y fueron a ocupar puestos directivos en multinacionales y bancos. Ellos, encaramados en las estructuras políticas y económicas, han sido los que, con el paso de las décadas, han ido demoliendo aquel Estado social de las garantías y la protección. Eso sí, el individualismo, la hipersexualización, el hedonismo y, en definitiva, la ruptura de la cohesión social y nacional fueron los negativos aportes del 68 a nuestra realidad actual.

Este es el legado que ha recogido la izquierda socialdemócrata y la radical. Poca sustancia, flirteos y paños calientes con el modelo económico neoliberal y, eso sí, feminismo y banderas arcoíris hasta el empacho. Al fin y al cabo, estos pijos e hijos de niños de papá están más acostumbrados al perfume que al olor a sudor de los obreros.

Francisco Alonso

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