No quedará nada de ti

¿Qué quedará de ti cuándo abandones este mundo? Poca cosa, muy poca. Sí, tú que te crees tan exclusivo o exclusiva. Tan importante y único, al poco de morir, serás, en el mejor de los casos, un vago recuerdo.

Desconocerás donde reposan los restos de tus familiares o, endeudado con un banco durante toda tu vida, no habrás podido comprar una sepultura. Y, por otra parte, ¿quién te iba a velar, a asistir a tu funeral o hacerse cargo de tu sepelio? Nadie. Habrás muerto solo y hecho un vejestorio con casi ciento y pico de años o más. Pocos o ninguno de los tuyos te habrán sobrevivido. Salvo tu perro o tu gato, que quedarán solos, ningún otro ser vivo estará allí para lamentarse por tu marcha.

De este modo, te incinerarán. Y no creas que un puñado de hijos, nietos o amigos esparcirán tus cenizas al mar, al borde de un espectacular acantilado. No, un trabajador de los servicios funerarios tirarán lo poco que reste de ti un contenedor de residuos.

No quedarán ni tus fotos, nunca las revelaste y estaban todas en tus redes sociales. No te habrás sumado nunca a nada. Porque tu contribución a la solución de los problemas de tu país fueron peticiones del tipo «change.org». Y tus pensamientos, esa filosofía barata de Internet de la que tan orgullosa te sientes, vegetarán perdidos en los hilos de cualquier discusión. Un perfil mortuorio en una red social es lo que quedará de ti, a lo sumo, durante un breve tiempo. Cualquier empleado de un gigante de Internet podrá borrar tu existencia y fulminar toda evidencia de que transitaste por este mundo.

Tendrás más de doscientos amigos en «Facebook» y un número análogo de contactos en «Whatsapp». Pero ningún hijo, ningún nieto o nadie que tenga tu sangre estará allí para verter una lágrima, de las de verdad, cuando cierres los ojos para siempre.

Francisco Alonso

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