Una España soberana frente a la invasión

En una España verdaderamente soberana, desligada de los requisitos e imposiciones europeas como el ‘espacio Schengen’, apartada de repudiables tratados y ordenamientos internacionales que interpretan derechos humanos como barra libre a la invasión inmigrante, sería relativamente sencillo controlar la inmigración y nuestras fronteras como es debido.

Cuando en noviembre de 1975 el General Franco agonizaba camino de su inminente fallecimiento, y estaba en proceso la famosa “Marcha Verde” que nos usurpó el Sáhara español, el jefe del Estado dio órdenes de poner minas de ciertas características en el límite de nuestra frontera para frenar la marcha mora de invasión ordenada por Hassan II. Mandó, también que se le comunicase previamente al Rey marroquí que la decisión había sido suya y personal para prevenir de este modo la posible masacre.

Todos sabemos que el entonces Gobierno de Arias Navarro, y el sucesor de Franco y futuro rey, Juan Carlos, incumplieron este mandato del Generalísimo destinado a proteger nuestro espacio soberano. Gracias a esta traición, Marruecos se apoderó entonces del Sáhara, como la “africanización” se está apoderando hoy de España.

La idea que tuvo Franco fue elemental y lógica, como lo sería también la receta a aplicar en estos momentos para defender España de la invasión migratoria. Colocación de minas en los límites de las fronteras, situar ametralladoras ligeras apostadas en ciertos puntos de control, y disponer de un número no demasiado grande de militares españoles dirigiendo día a día el operativo. Por supuesto, deberían establecerse grandes carteles en los diversos idiomas y/o dialectos de los países originarios de los inmigrantes avisándoles de no traspasar la frontera bajo riesgo inminente de muerte. Algún atrevido podría hacerlo; tal vez. Pero sería el único, o de los únicos; no más de cierto número pequeño se atreverían después. No encontraríamos, de este modo, portadas informativas con africanos lesionados por concertinas, ni fallecidos a lo largo de travesías terrestres o por otras circunstancias.

La mejor política de fronteras es, de este modo, la que advierte con la amenaza del uso legítimo de la fuerza. ¿Y por mar que se haría? Lo mismo. Buques de guerra patrullando incesantemente, así como funcionarios y policía portuaria y de aduanas al servicio de la detención de los ilegales. El avistamiento de una patera daría lugar a un previo aviso que de no ser respondido con su marcha atrás, daría paso a un uso de la fuerza militar de tipo disuasorio para provocar la “vuelta a casa” de los inmigrantes por donde han venido. Todo aquel que hubiese irrumpido exitosamente en nuestro suelo sería expulsado inmediatamente, pero en caliente.

Australia registró, a lo largo de años más de 200 muertes anuales de inmigrantes por ahogamiento en sus aguas. Un cambio de gobierno, y políticas basadas en la prohibición de entrada ilegal, buques militares y control fronterizo total, hicieron que en un año sólo muriese una persona ahogada.

Con una política de fronteras fundada en el uso de la fuerza y el control, no sólo se defiende la nación frente a sus invasores, sino que se salvan las vidas de muchos seres humanos. Estas recetas, que son “de cajón”, no se entienden en una Europa occidental donde la hegemonía capitalista y sus esbirros en forma de gobiernos y oenegés desean tirar a la baja los salarios autóctonos de los obreros nacionales en competencia con los inmigrantes, y donde el proceso de “africanización” es el deseo de las principales entidades sionistas a sueldo de Soros o de la Fundación Rockefeller para aniquilar el patrimonio cultural e identitario de los pueblos europeos. No tenemos remedio. De momento.

J. M. Pérez

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