En casa del multicultural dura poco la alegría

Se derretían las redes por la inenarrable hazaña de Mamoudou Gassama, el inmigrante ilegal maliense que presuntamente salvó a un niño de caer desde un cuarto piso, cuando una salva de disparos y un “Allahu akbar” nos ha devuelto a la verdadera realidad del multiculturalismo. Y escribo “presuntamente” porque las sospechas de montaje de la heroicidad del africano son ya un secreto a voces. Tiempo al tiempo.

La épica ascensión de Mamoudou venía a sacudir las conciencias de todos aquellos insensibles malvados que estamos en contra de la inmigración masiva y de nuestra sustitución, como europeos de raza blanca, por inmigrantes no europeos. Sin embargo, y ya que estamos con refranes, con el multiculturalismo eso de “las gallinas que entran por las que salen” no cuadra. El terrorismo islamista ha vuelto a cobrarse su tributo en sangre sobre el suelo de nuestro continente, esta vez en Lieja.

La verdad es que como europeo me sentiría mucho más seguro y reconfortado si no tuviese que comprobar, gracias a epopeyas como las del maliense Gassama, que “los inmigrantes son buenos” porque la inmigración fuese una anécdota y no un rodillo al que hay que justificar, como lo es en la actualidad .

Francisco Alonso

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