Sepultados por el lujo y la indiferencia

Sin pancartas, sin manifestaciones, sin pañuelos morados, sin tetas pintadas y sin caretos crispados para un selfie. Las horas van pasando en contra de Agustín y José María, los obreros sepultados ayer en el derrumbe de un edificio en Madrid. «Un accidente laboral», dirán algunos. Para otros, una cifra más en la estadística de siniestralidad laboral en nuestro país.

La tragedia que en estos días se está viviendo en Madrid debería hacernos reflexionar a todos. Porque desde nuestros zapatos a cualquier útil doméstico, desde nuestras viviendas a los servicios que se nos prestan en establecimientos de hostelería o, por ejemplo, los que desempeñan los trabajadores de seguridad privada, estamos comprando precariedad. La precariedad no supone únicamente contratos efímeros, también conlleva una merma en la seguridad e higiene en nuestros trabajos. Y ya no hace falta irse a Vietnam, Indonesia o Pakistán para constatar el hecho del sacrificio de la seguridad en el trabajo en aras del abaratamiento del producto y la maximización de beneficios por el empresario. Convivimos diariamente con esa realidad.

Queremos gin-tonics en copa de balón, pero baratitos, y nos importa una mierda si el que nos los sirve cobra las horas extras o no. Hay que economizar en la construcción de viviendas, por supuesto. Se economiza en prevención de riesgos laborales porque las inmobiliarias y las constructoras seguirán subiendo los precios y ganando cada vez más. La ropa también tirada de precio y las chicas que la doblan que la sigan doblando, que para eso están. La mierda que cobran en el comercio nos la trae el pairo. Y las tapas, como no podía ser de otra manera, de alta cocina y de diseño. Que lo importante es que salgan bien bonitas y sofisticadas en nuestras redes sociales, si el que las hace está a 40 grados en una cocina-cuchitril que hubiese estudiado.

Patético y lamentable. Tan patéticos y lamentables como somos los que, siendo cada vez más pobres, queremos mantenernos en la ilusión de vivir como ricos. Esto tiene sus víctimas y un día puedes ser tú. Ayer les tocó el turno a Agustín y a José María. Que trabajaban en la rehabilitación de unos pisos de lujo, de verdadero lujo. Un lujo que no se reflejó en las medidas preventivas que hubiesen garantizado la integridad física de estos hombres.

¡Hombres! Es cierto, víctimas de otra clase de violencia absolutamente silenciada. Porque, claro, no queremos reconocer que nuestra penosa existencia de veleidades burguesas, única, sin igual y exclusiva tiene un precio en muertos. Concretamente, el año pasado los accidentes mortales en el trabajo se cobraron 618 víctimas en España. De ellas, 562, un 91%, por ciento, fueron hombres y 56, un 9%, fueron mujeres. Algo sobre lo que las feministas, con más cara que vergüenza, callan.

Carlos Díaz

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