Saqueo y feminismo. La Banca siempre gana

Patricia Botín se declara “feminista entusiasta”. No es de extrañar, porque esta señora forma parte del bloque de agentes aparentemente dispersos pero homogéneamente compactos que braman por la destrucción de la familia y por la guerra entre sexos: lobbys, partidos, sindicatos y medios de masas. La Banca saqueadora milita del lado del capitalismo más aciagamente entreverado con el marxismo cultural; ese fermento filosófico e ideológico anidado en la Escuela de Frankfurt que prendía en ganas por descomponer la civilización europea a través de procesos de ingeniería social, y que tuvo su recreo excelente en la Alemania de los años 20 del pasado siglo hasta que llegó al poder Adolf Hitler y la expulsó del país en su cruzada contra el poder tóxico y manipulador que la élite financiera mayormente judia detentaba sobre la prensa, la literatura o el arte. Alemania vivía entonces la misma atmósfera de detritus envenenado que ahora se nos impone en todo Occidente, y también en España.

La aparición de Botin en escena blandiendo el discurso femimarxista no es casual ni inocente; es parte del guión del corsé en que el régimen político español ha marcado y definido su agenda de imposición ideológica que es feminista, proinmigracionista y mundialista, y que no quiere familias natalistas donde la dualidad de sexos se complemente al servicio del progreso y el mantenimiento de la raza blanca.

Pueden recaer –y es lógico que lo hagan- toneladas de ira popular sobre la hipocresía y falacia con que los farsantes Pablo Iglesias e Irene Montero hacen caja y adquieren un chalet lujoso. Hay quienes desde la derecha “pistacho” disfrazada de “incorrecta”, y de forma oportunista, tratan de capitalizar esa ira, y han colgado en el susodicho chalet una pancarta sarcástisca. Sin embargo ninguna ira desatada, y ninguna pancarta de la formación política “pistacho”, denuncian lo que es peor y más letal que la maldad podemita: la banca de la señora Botin, puesta al servicio del genocidio cultural contra el hombre blanco. Y es que ya se sabe: aunque la mona liberal se vista de seda, mona se queda.

J.M.Pérez

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