Las dos Coreas se sientan a la mesa

En la reunión entre los líderes de Corea del Sur, Moon, y el de Corea del Norte, Kim Jong-un, acordaron que nunca más habrá guerras en la península desnuclearizada. Tras dos años de pruebas atómicas y lanzamientos de misiles por Pyongyang, los surcoreanos consideraban casi igual de peligrosos a Trump y a Kim por sus mutuas amenazas de aniquilamiento nuclear.

Ahora, sin embargo, por primera vez, un líder norcoreano ha cruzado el Paralelo 38, símbolo desde 1953 de la división coreana. En 1992, 1994 y 2005, Pyongyang firmó acuerdos de desnuclearización con Seúl, Washington y cuatro de sus vecinos, acuerdos que los del Norte no cumplieron. Tampoco fructificaron las cumbres de 2000 y 2007, Kim buscaba levantar las sanciones. La de 2007, entre Kim Jong-il y Roh Moo-hyun sólo cerró acuerdos económicos.
Sin embargo, la cumbre de Panmunjon ha terminado con las hostilidades, ha detenido las pruebas nucleares y de misiles y ha establecido un calendario concreto para la firma de un tratado de paz formal que sustituya el armisticio de 1953, objetivo que Trump ha respaldado abiertamente. En la celebrada el 27 de abril, Kim no cuestionó ante Moon la alianza entre Seúl y Washington, ni pidió la retirada de los 30.000 soldados que Estados Unidos tiene en Corea del Sur como condición para desnuclearizarse. A su vez, Moon entregó a Kim planes detallados para reconstruir la economía norcoreana cuando concluya su desnuclearización. Seúl allana así el camino para la cumbre entre Trump y Kim, que podría acabar con un conflicto geopolítico irresoluble para Washington desde los tiempos de Harry Truman. El documento de Panmunjom solo dice que en algún momento impreciso las armas nucleares ya no serán necesarias. Hasta entonces, Pyongyang podría declarar sucesivamente una moratoria indefinida de lanzamiento de misiles y el fin de las pruebas atómicas y de sus exportaciones de tecnología nuclear, a cambio del levantamiento de las sanciones internacionales y de un pacto de no agresión con EEUU.

Seúl y Pyongyang se dieron cuenta de que debían ser ellos mismos quienes tomasen la iniciativa ante la belicosa retórica de Trump, quien al asegurar que se reuniría con Kim dio a Moon la cobertura política que necesitaba para su propia cumbre. Es evidente que sin el programa nuclear de Corea del Norte, Washington no le hubiera aceptado como interlocutor. Tras reunirse con Moon y el presidente chino, Xi Jinping, Kim tiene ahora valiosas cartas que jugar frente a Trump. Y la garantía de Pekín.
Moon –que verá a Trump en la Casa Blanca tras reunirse el 9 de mayo con los primeros ministros de Japón y China, Shinzo Abe y Li Keqiang, respectivamente–atribuye el mérito de haber forzado el regreso de Pyongyang a la mesa de negociaciones a la política de “máxima presión” de Trump.
El Norte gasta la cuarta parte de su PIB en armas y tropas frente al 2,5% de Corea del Sur o el 2% de China. Según la Constitución norcoreana, la misión del Estado es “liberar” al Sur. En 2012, se enmendó para autodescribirse como un Estado nuclear. Pero no hay razones para dudar de que Kim, que ante Moon reconoció las abismales diferencias en las infraestructuras de sus países, quiere mejorar las condiciones de vida de los norcoreanos. Y sabe que su arsenal nuclear es la ficha de negociación clave para garantizar la supervivencia del régimen.

El problema es que John Bolton, el nuevo asesor de Seguridad Nacional de EEUU, exige el desmantelamiento total del programa nuclear norcoreano en un proceso breve, verificable e irreversible y que concluya antes del fin de mandato de Trump en 2021.

Así, la solución perfecta –es decir, una rendición casi incondicional de Pyongyang– se haría enemiga de salidas más viables. La oportunidad de acabar con un conflicto geopolítico que dura casi 65 años es única. Trump difícilmente dejará pasar la ocasión porque además tiene un aliciente personal: sabe que si tiene éxito, un Nobel de la Paz con su nombre estaría más justificado que el que recibió Barack Obama, cuya administración se limitó a presenciar el deterioro de la crisis norcoreana.

Vazque de Castro

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