Da igual cuándo leas esto

Las taradas de siempre han vuelto a dar la nota. Las que dicen estar oprimidas por nuestros cánones de belleza fascistas, pero tienen la apariencia de un orco de Mordor. Las que quieren penalizar los piropos, pero se autodenominan «putas». Las que consideran un embrión como un parásito, mientras glorifican la sangre menstrual hasta el extremo de bebérsela. Ésas.

Las que no son tus princesas y no necesitan caballeros que las salven porque son muy capaces, pero luego quieren que les bajen el listón para acceder a un puesto de trabajo. Las que afirman que si gobernáramos las mujeres, no existiría la violencia, pero viven chillando «machete al machote». Las que van de castradoras sin escrúpulos, pero se pasan la vida llorando porque creen que una vez un tío les miró el escote hace 10 años. Las que viven ofendidas por tu lenguaje insensible y después te dicen que no quieren tu piropo, quieren que te mueras. Las que disfrutan destrozando el castellano con arrobas, «miembros y miembras» y equis.

Las que llaman violadores a militares y guardias civiles porque había uno de cada en La Manada, pero luego exigen que no se generalice ante las violaciones perpetradas por grupos de magrebíes. Las que montan un circo espectacular porque consideran insuficiente una condena por abuso sexual, mientras van de la mano de aquellos que han promovido la excarcelación de violadores no rehabilitados. Éeeeeesas.

Las que tachan a las azafatas de mujeres oprimidas y llaman al burka «prenda liberadora». Las que hablan de libertad para la mujer, pero pretenden ordenarnos cómo vestir, cómo hablar o cómo pensar. Las que gritan en la cara de un cura pero jamás en la de un imán. Las que ven en un caballero español una amenaza, pero dan la bienvenida a musulmanes radicales. Las que prefieren apoyar a lesbianas y transexuales antes que a madres de familia.



Las que lloran porque están oprimidas por el sistema del que reciben subvenciones millonarias. Las que dicen estar silenciadas y tienen eco en todos los medios. Las que hablan de injusticias cuando en realidad se está legislando según sus caprichos. Las que se denominan feministas, pero son menos femeninas que «el Algarrobo». Las que se erigen como defensoras de causas nobles y terminan convirtiéndolas en payasadas. Las que crean problemas donde no los había. Las que hablan con desprecio de personajes históricos que fueron capaces de grandes hazañas, mientras ellas jamás construirán nada eterno.

Ésas, ésas.

Pues esas han vuelto a hacer el ridículo. A pisotear lo sagrado, a ofender cobardemente creyéndose irreverentes. A demostrar que lo que ellas buscan es lo contrario a ser mujer y a ser libre. A ser una caricatura grotesca de lo que creen que representan. A quedar como unas histéricas resentidas.

Y da igual cuándo leas esto.

Ana Pavón

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