Los españoles debemos comportarnos como hombres y no como animales

Aunque el feo y asqueroso asunto relativo a la sentencia de «La Manada» está viciado por la niebla del odio feminista y enmierdado por el miedo a la corrección política y al supremacismo vaginal, no podemos obviar un hecho lamentable. Consiste en que muchos españoles están haciendo suyos comportamientos absolutamente repulsivos, más propios de la morisma violadora de la cairota plaza Tahrir o de los guetos de la República Dominicana que de seres humanos europeos y civilizados.

Es decir, la globalización se ha empeñado en convertir a España en una especie de área caribeña en Europa y, en cuerpo y alma, lo está consiguiendo. Hasta no hace tantas décadas, cuando la tan denostada moral tradicional todavía calaba en profundidad en el ser del hombre español, una mirada o, a lo sumo, un piropo o un flirteo picarón eran, por regla general, las líneas rojas que si un hombre rebasaba en exceso, tal y como se decía popularmente, se estaba «propasando» con una mujer.

Pero todo se pega menos la hermosura. De tal forma que, por obra y gracia de la inmigración masiva, algunos españoles -de forma repugnante y de condición repugnante- han copiado patrones de comportamiento que moral y genéticamente nos han sido, con las excepciones que confirman la regla, históricamente ajenos. Me refiero a toqueteos a chicas ebrias, refregones sin consentimiento en las discotecas, relaciones sexuales grupales o insistencia cansina ante la negativa femenina.



El que escribe estas líneas ha trabajado unos cuantos años en la noche y constatado, con consternación, que estos coportamientos se han ido haciendo cada vez más visibles. Sobre todo como consecuencia de la proliferación de individuos que, aunque pudieran llevar muchos años residiendo en España o incluso hayan nacido en nuestro país, no llevan en su vagaje cultural y antropológico el respeto a la mujer.

Por otra parte, la invasión del reguetón y de otros elementos infraculturales procedentes del otro lado del Atlántico están contribuyendo, de forma decisiva, a esta negativa espiral. Nuestra gente más joven adopta como suyas las sucias actitudes de cualquiera de los mandingos o chiripangos que aparecen en vídeos musicales reguetoneros y latinos.

Por eso los hombres españoles debemos reflexionar. Reflexionemos al respecto de si somos herederos de conquistadores, de hidalgos o, sin grandilocuencias, de gente muy humilde, labradores u obreros, pero muy honrada y muy digna. O, por el contrario, queremos asemejarnos a individuos que lapidan o mutilan a sus mujeres o esos otros, descendientes de conquistados y de esclavos, que procrean a mansalva si ni tan siquiera asumir sus mínimas obligaciones como padres. En definitiva, todos ellos, seres hipersexualizados, babosos, irreverentes y sucios. En nosotros quedará si criminalmente propiciamos que las ciudades de nuestro país terminen pareciéndose a las del norte de África o del Caribe. El camino de la honorabilidad masculina pasa inexcusablemente por el máximo y escrupuloso respeto a las mujeres. La próxima vez que estés en una situación de «jolgorio y regocijo» recuerda que eres un hombre.

Francisco Alonso

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