Paradojas jurídicas alemanas

Cualquiera que osea a negar en Alemania -como en tantos países europeos- que el III Reich no exterminó a seis millones de judíos es fulminado judicialmente. No importa que sea una señora de 89 años, como Ursula Haverbeck. Tampoco es problema encerrar, por el mismo motivo, a un anciano casi inválido de 82 años. Hablamos, en este último caso, de Horst Mahler.

¡Ojo! Estas personas no dicen que haya que matar a nadie ni instigan a genocidio de pueblo alguno. En base a sus investigaciones, simplemente niegan el Holocausto en libros, conferencias o vídeos. Sin violencia, únicamente mediante la palabra, la imagen o el papel impreso. Un delito que conlleva años de prisión.

Sin embargo, un individuo que instiga, desde las instituciones, a la secesión ilegal de una región de un Estado miembro de la UE -mediando en ello 431 policías y guardias civiles heridos solamente el 1-O- no es digno de permanecer en una prisión de la República Federal de Alemania. Y no solamente la instiga, sino que la materializa mediante una declaración de independencia.

Para el Tribunal Superior de Schleswig-Holstein todos estos agentes españoles debieron sufrir sus lesiones por los abrazos con los que les recibían los independentistas. ¿Violencia? No la ha apreciado la justicia alemana. Las sillas volando contra los antidisturbios y los vehículos policiales destrozados fueron una especie de “poltergeist” en la que Puigdemont, como máximo dirigente del separatismo, nada tuvo que ver. ¡Las cosas que pasan en España!

Ángel Aguado

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