Iconos feministas de cartón piedra

El feminismo partía del honorable principio de la defensa de nuestros derechos. Hasta ahí, bien. Lo que pasa es que han cogido ese principio y lo han sepultado bajo toneladas de basura demagógica. Y por eso apesta.

El feminismo moderno no se identifica con mujeres que hayan hecho historia en un mundo de hombres. Las feministas desprecian a Juana de Arco, Eva Perón, Marie Curie o santa Teresa. Normal. Y seguramente el sentimiento sería recíproco si cualquiera de ellas levantara la cabeza.

No. Las feministas admiran a mujeres que preferían teorizar, divagar sobre las vidas de otros. Como Victoria Kent o Margarita Nelken, mirando por encima del hombro a la, según ellas, ignorante masa de mujeres católicas, a quienes querían negar el derecho a votar. Esa es la filosofía feminista moderna: yo te impongo mis principios sin dejarte opinar, porque sólo yo sé lo que te conviene. Tú no, que eres una alienada ignorante.

El feminismo se nutre de iconos de chichinabo. Mujeres que dan lecciones desde el desconocimiento. Elevan a la categoría de biblia los textos de Hildegart Rodríguez sobre libertad sexual y reproductiva. La pobre Hildegart. La virgen roja que jamás tuvo sexo y a quien su propia madre asesinó porque no era lo suficientemente feminista.

Esas grandes musas feministas que, ni son femeninas, ni son ejemplo de nada edificante. Desde Yoko Ono a Whoopi Goldberg, pasando por Femen o Pussy Riot, han pervertido aquello de «la defensa de nuestros derechos» con su victimismo y su resentimiento infundados y lo han convertido en un movimiento perverso y tóxico.

Un movimiento que menosprecia abiertamente a todo hombre cis heterosexual sencillamente por existir. Que aboga por la reproducción asistida y la desaparición de la familia biológica («La dialéctica del sexo», Shulamit Firestone). Que defiende cada vez con menos reparo la pedofilia (recordemos, por ejemplo, cómo Simone de Beauvoir, entre otros, solicitaba al parlamento francés la despenalización del sexo con niños, así, como si nada).

Un movimiento nocivo, viciado y falaz, que no solo cuenta con el apoyo de todas las instituciones, sino que tiene potestad de someter a toda la sociedad a sus caprichos. Y cuyas máximas exponentes son diosas con pies de barro.

 

Ana Pavón

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