El editorial de la semana: Que el 8-M el odio feminista no te pare

El feminismo, desde hace años, dejó de recoger las justas reivindicaciones de las mujeres en su lucha contra determinadas discriminaciones inaceptables. Ataca hoy, de forma despiadada, a la más básica de las relaciones de una comunidad: las relaciones entre mujeres y hombres. En manos de la izquierda, el feminismo ha venido a sustituir la recalcitrante y casposa lucha de clases marxista por una lucha entre sexos. Los objetivos -de la lucha de clases marxista y de la actual guerra de sexos feminista- son análogos: hacer saltar por los aires nuestra comunidad para implantar una sociedad artificial regida no por razonables criterios de igualdad, sino por la opresión y la dictadura del igualitarismo.

La doctrina feminista se ha convertido en parte de la ideología institucionalizada de modelo económico, político y social vigente. Una componente más de la corrección social y política. Y actúa, fundamentalmente, al servicio de los poderes económicos y del consumismo.

Como ideología del odio, el feminismo acomete sañudamente contra la institución familiar. No concibe una convivencia armoniosa entre hombres y mujeres. Y, como ideología materialista, para el feminismo no es admisible que, por ejemplo, un hombre asuma las tareas del hogar familiar mientras la mujer trabaja fuera de él. O, por el contrario, que una mujer desempeñe el trabajo doméstico y que sea el hombre el que realice funciones laborales fuera de casa. Por lo tanto, la lógica feminista es del agrado absoluto de las grandes cadenas comerciales, de los bancos y, en definitiva, de todos los sujetos beneficiarios de la rapiña económica neoliberal.

Y, como ideología individualista, el feminismo conlleva una importantísima carga antisocial. Las pensiones, la sanidad y la educación pública, el sistema de protección social es insostenible sin trabajadoras y sin trabajadores cotizantes. No se pueden mantener sin contribuyentes y sin empresas que paguen impuestos. Es decir, el Estado social necesita de mujeres y hombres que previamente fueron niñas y niños, fruto de la maternidad. Y el feminismo considera a la maternidad como una maldición del «heteropatriarcado opresor» y se vuelca en los brazos del lobby LGTB.

El feminismo, como elemento esencial del discurso de la izquierda multicultural, apuesta por la inmigración masiva para compensar la natalidad cero. Un hecho con el que el modelo económico neoliberal se frota las manos. Trabajadores «low cost» importados, a millones, desde el tercer mundo.

En resumen, la contribución del feminismo a la quiebra de nuestros derechos sociales, de nuestra soberanía económica y de identidad es brutal. Odio, exclusión, materialismo, individualismo y multiculturalismo. En estos elementos, y no en otros, se traducen las actuales reivindicaciones del feminismo. Consecuencias terribles para nuestro futuro tan nefastas como el obtuso machismo. Las lacras seculares que las mujeres han padecido durante siglos no han sido sustituidas por el equilibrio y la justicia, sino por la senda hacia el suicidio colectivo.

Por ello, el 8-M el mensaje del odio no debe parar tu actividad, ya seas mujer u hombre. La convivencia debe vencer a la fractura, la equidad a la discriminación. La vida debe imponerse a la muerte y a la infertilidad. El abrazo debe ganar la partida al puño crispado agitado al viento. La solidaridad y la generosidad siempre deben triunfar sobre el egoísmo. La comunidad siempre ha de situarse sobre los intereses particulares. Respeto frente a resentimiento. Tareas, sacrificios, quehaceres y labores que mujeres y hombres hemos de desempeñar en beneficio de todos.

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