El editorial de la semana: Pensiones, sanidad y educación pública también son patriotismo

A pesar del aditamento «constitucional», la respuesta de millones de españoles al desafío independentista es motivo de satisfacción y esperanza. Quienes creían que el patriotismo era algo relegado a los cuarteles y a los partidos de la selección o un sentimiento que debía vivirse en vergonzante intimidad se han llevado dos palmos de narices. Sin embargo, la ausencia de indignación patriótica ante la presunta quiebra del sistema de pensiones, la precariedad laboral, las matrículas universitarias, las listas de espera o los copagos sanitarios es un hecho dolorosamente triste.

Porque proponer la privatización o semiprivatización de las pensiones es antipatriota. Deslocalizar una empresa y llevarse la producción a Asia es antipatrióico. Pagar una miseria a jóvenes españoles, en virtud de los contratos para la formación y el aprendizaje, es antipatriota. Los empleos a tiempo parcial son profundamente antipatrióicos. La flexibilización del mercado laboral y el abaratamiento del despido son antipatriotas. Que los estudiantes universitarios, por obra y gracia del Plan Bolonia, hayan de pagarse un máster a la finalización de sus estudios es flagrantemente antipatriota. El que niños y adolescentes hayan de recibir sus clases en barracones es antipatriótico. Que los pensionistas deban abonar parte de sus medicinas es antipatriota. Como lo es contratar a trabajadores extranjeros en vez de españoles. Que los españoles se tengan que hipotecar de por vida para adquirir una vivienda es antipatriota y lo es la pérdida se soberanía a favor del poder financero. Cobrar y pagar en «B» también es una práctica alejada del compromiso patriota.

Tan antiespañoles pueden ser Arnaldo Otegui, Puigdemont o Pablo Iglesias como cualquier otro político que se emociona al escuchar el himno nacional, pero que ejecuta políticas antisociales. O esos empresarios, prebostes de la «Marca España», abigarrados de gomina y pulseras rojigualdas que descuelgan a sus compañías de los convenios para rapiñar a sus trabajadores complementos y parte de sus derechos y salarios.

Porque el patriotismo se fundamenta en dos pilares. Un hecho físico y cultural, la identidad. Y, que no se olvide, en una práctica: justicia social. Sin la justicia social no hay patriotismo, sino mensajes engolados e histriónicos que, con el paso de los días, se desinflan y pierden color como las banderas que hoy cuelgan en los balcones.

El día que esas banderas rojigualdas, hoy alzadas contra la traición separatista, encabecen también las marchas por los derechos sociales y por unas condiciones de vida dignas para nuestra gente el patriotismo, al fin, será un patrimonio de la totalidad de los españoles.

Redacción

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