«La Peste» y el pestazo

Cada vez que anuncian el estreno de una producción «histórica» española, da como repelús. Sobre todo si se siente un mínimo de respeto por la Historia de España, porque de un tiempo a esta parte nuestro cine parece especialmente afanado en pisotearla. Entre la difusión hasta la náusea de la puñetera leyenda negra y los ataques hacia todo lo español por parte de alguna «estrella» subvencionada por todos los españoles, aquello de hacer patria con nuestro cine es más bien hacer el tonto.

Esta vez Movistar ha tirado la casa por la ventana con «La Peste»: excelente ambientación, cierto rigor histórico, Paco León serio… Pero estamos en las mismas: leyenda negra y sexo hasta en la sopa.

Lo primero que el espectador aprecia al comenzar la serie es que no se entiende qué leches están diciendo los protagonistas. Los diálogos se entienden fatal. Es un fenómeno curioso, aunque siempre existe la surrealista posibilidad de ver la serie hablada en tu idioma con subtítulos en tu idioma, sin ser sordo.

Después de la incertidumbre de los diálogos, nos encontramos con otra señal de identidad de nuestro cine: tiene que salir gente practicando sexo hasta cuando no viene a cuento. Una de las primeras escenas muestra al protagonista citándole a Platon a una joven meretriz (vamos, lo típico) para a continuación traginársela. Escena absolutamente innecesaria. De verdad… Que no había necesidad… Sólo en el primer capítulo aparecen dos coitos, una felación y una masturbación (aunque esta última sale bastante discretamente, para lo que nos tienen acostumbrados)

Y por supuesto, como no podía ser de otra manera: la mala malísima Inquisición comeniños persigue a nuestro docto protagonista. Claro que sí. Vamos a seguir con el pestazo de la Inquisición genocida, que siempre queda muy bien.

No importan las veces que se haya demostrado que la Inquisición Española era una hermanita de la caridad al lado de las demás inquisiciones europeas. Da lo mismo que los informes elaborados en aquel momento por la misma Inquisición dejen testimonio de lo rigurosos y detallados que eran sus procedimientos, lejos de montajes y supersticiones y más bien cercanos a lo que hoy entendemos por un juicio. No olvidemos que el Tribunal de la Inquisición se estableció en Aragón y Castilla para evitar que la «justicia popular» intentará eliminar a falsos conversos, herejes y brujas, como ocurrió en muchas zonas de Europa, dando como resultado auténticos baños de sangre. No dejemos que la verdadera Historia nos estropee una serie chuli.

Pero vayamos un paso más allá, entonces. Barra libre. Hagamos que la Historia sea diversa, igualitaria e inclusiva y lancemos una superproducción donde Almanzor fuera en realidad aliado feminista, Boabdil, un chaval transgénero, Guillermo de Orange, politoxicómano o Isabel I de Inglaterra, una joven vietnamita con trastorno obsesivo-compulsivo.

Total, puestos a mentir, podían innovar, por lo menos.

Ana Pavón

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