Unión Europea, ¿sí o no?

¿Quién es más europeísta? Marine Le Pen o Emmanuel Macron.

Ella rechaza la globalización, la inmigración masiva, la deslocalización, y la islamización. Fenómenos, todos ellos, dañinos para Europa y para los europeos. Él es partidario del multiculturalismo, del neoliberalismo y es el preboste más glamuroso del modelo económico global y de los mercados. Es decir, Macron es el ariete, y niño mimado de la banca Rothschild, de los poderes financieros contra la identidad europea y los derechos sociales de los europeos.

Sin embargo, a ojos de la opinión pública francesa e internacional, Marine Le Pen es una furibunda eurófoba y Macron la quintaesencia del europeísmo. Y es que el mensaje de Macron es mucho más atractivo y sencillo de entender que el de Le Pen. Él, simple y llanamente, defiende la UE y Le Pen la rechaza. O, al menos, la rechazaba.

No podemos obviar que una Europa unida es un anhelo de nuestra gente desde que, en el año 395, el nefasto emperador Teodosio dividiera definitivamente al Imperio Romano. Carlomagno, los papas, los emperadores germánicos, los gloriosos tercios españoles, Napoleón o los movimientos nacional-populares de los años 30 y 40 intentaron y fracasaron en sus respectivas búsquedas de ese unidad. Hoy, Europa, la UE, es un valor y una realidad a la que millones y millones de europeos no quieren renunciar. Nuestros conciudadanos, al menos los de la parte occidental del continente, no quieren batirse otra vez en las trincheras de Verdún, ni caer heroicamente en la reconquista de Gibraltar o despanzurrarse a millones por este u otro pedazo de terreno.

Que partidos y movimientos en una fase, más o menos incipiente, como CasaPound o Amanecer Dorado reivindiquen la salida de la UE es algo perfectamente comprensible, lógico y, hasta puede que, necesario. Sin embargo, antes de lanzar anatemas y acusaciones de traición a aquellas formaciones que, con posibilidades de gobernar, se replanteen la cuestión de la UE cabe realizar un cierto análisis. A los europeos -franceses, alemanes, belgas o españoles- les puede sonar a gloria «la reforma de la UE», «la UE del empleo de calidad para los europeos» o la «UE de la identidad y los derechos sociales». A Macron y a Merkel le quedaría defender la UE de los recortes, de los refugiados y de los atentados del ISIS. Pero querer destruir lo que ya hay, para erigir una nueva Europa es un mensaje complicado, de difícil comprensión y, en cierta medida, de consumo político interno.

«La política es el arte de lo posible». Lo que es realmente imposible es hacer girar las agujas del reloj hacia la izquierda. Físicamente, no entra dentro de esas posibilidades. No se trata de enfundarse en una bandera de la UE. Tampoco en depositar nuestra fe en ese aparato burocrático, ciertamente malo, ubicado en Bruselas. La cuestión gira en torno a que los realmente europeístas -quienes creemos en una Europa confederal, unida, social e identitaria- no dejemos que nos roben la cartera.

Francisco Alonso

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