Vladimir Tkchenko: símbolo deportivo del telón de acero

Dudo que exista gente cuya infancia se desarrollara en la década de los 70-80, que no hayan escuchado este nombre. El gigante ucraniano se convirtió en un mito deportivo y estético. Eterno pívot de la URSS y el TSKA de los años ochenta, aquella mole representaba a su manera el otro lado del telón de acero: lo desconocido, lo temible.

Nació el 20 de septiembre de 1957 en Golovinka (Ucrania). Comenzó su carrera en el baloncesto por la pura lógica del desempeño de un chaval de 16 años que ya medía 2,10 metros. Sus primeras canastas las hizo para el Stroitel de Kiev de la Liga soviética en la temporada 1973-74. En aquel club coincidiría con Alexander Belosteny, con quién formaría una dupla de pivots temible, y en el que permanecería hasta 1982. Al año siguiente fue reclutado -nunca mejor dicho- por el CSKA , el legendario club del ejército soviético entrenado por el legendario Alexander Gomelski.

Siempre nos referiremos a él para destacar la altura de cualquier semejante, y lo seguiremos utilizando como referente con las próximas generaciones que realmente no sabrán de quién le hablas. Un referente de altura para la eternidad. Solo recuerdo otro paralelismo similar, y es el de bautizar como «Fitipaldi» al que corre mucho con el coche.

De imponente aspecto, con un descomunal físico de 2,21m de altura y 140 Kg de peso, con un bigote que todavía le realzaba más su aspecto de hombre duro, una envergadura que infundía el miedo en los rivales; reducir toda su rememoración a una mera estatura, no deja de ser injusto en uno de los protagonistas principales de aquella selección de la antigua URSS que tanto batalló con americanos y yugoslavos. Esa imagen de dureza, de seriedad, de malo de película de James Bond, no se correspondía en absoluto con su forma de ser, ni siquiera con su forma de jugar. Todo el mundo coincide en que era una excelente persona, incapaz de negarse a cualquier sacrificio hasta el punto de acabar casi cojo por forzar lesión tras lesión: espalda, rodillas, tobillos… Educación soviética llevada al extremo, partidos míticos contra el Real Madrid en el Pabellón de la Ciudad Deportiva, codazos a Giannakis más o menos involuntarios.

Aquel ucraniano que fuera rápidamente llamado a filas por el ejército para fortalecer de paso las filas del CSKA, demostró cierta torpeza para llegar tarde a los sitios: apareció en la selección cuando la Yugoslavia de Dalipagic, Delibasic, Kikanovic y compañía arrasaba allá por donde iba y formó parte del equipo insignia del ejército rojo cuando sus mejores años de los 60 y 70 ya quedaban atrás, incapaz de jugar ni una final de Copa de Europa en las ocho temporadas que jugó en Moscú, de 1982 a 1990.

Su estrella se apagó lentamente. Nunca tuvo suerte. Incluso la apertura de fronteras en la URSS le llegó mayor, pese a llegar como un héroe en agosto de 1990 a España para jugar en el Guadalajara, un equipo de segunda división. En esa temporada Tkachenko podía jugar en torno a los 30 minutos por partido, aunque fuera a su ritmo, y llenaba pabellones allá donde fuera.

Tkachenko fue algo más que un gigante torpón, da rabia ver lo infravalorado que estuvo, un jugador que era algo más que un taponador torpón. Mucho más, de hecho. Quizá menos técnico que Belostenny —quien también aterrizara en España—, Goborov, Belov o Sabonis, pero con mucho oficio, una mano aceptable y una capacidad reboteadora excelsa.

Si Tkachenko lo pasó mal en España no lo demostró jamás. Recordemos: él no se quejaba nunca. Simplemente, no llegó a un acuerdo para la renovación y se volvió a Moscú, a su CSKA , equipo de un ejército que prácticamente no existía como tal. Días de golpes de estado y nuevos capitalismos.
Tkachenko era miembro de la plantilla aunque apenas jugó. Volvió a pasar por Madrid para un torneo de Navidad y se le recibió como el héroe estético que era. Aquel fue su último año como baloncestista profesional.

Tuvo que buscarse un empleo de telefonista en una compañía de taxis en Moscú, entre otros. Actualmente trabaja en una empresa logística de transportes y entrena a niños de 9 a 12 años. En 2007 visitó España para ser imagen de la Cooperativa de vinos Pedrosa de Duero, que ese año cumplía 50 años, como él.

De vez en cuando regresa a España, probablemente el país en el que, por razones diversas, fue más popular. La prensa tiene siempre un par de fotos para él y él intenta amagar una sonrisa sin conseguirlo del todo. Puede que quizá nunca le enseñaran…

 

D. Pendás

 

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