El editorial de la semana: Black Future

A lo largo y ancho del mundo, manadas de individuos se han agolpado, desde el pasado viernes, en centros comerciales y grandes superficies impelidos por una contagiosa pulsión de consumo. Negros, blancos, amarillos, europeos, americanos, africanos o asiáticos caminando, gracias a la necesidad de comprar, en una única dirección. De Madrid a Pekín, de Ciudad del Cabo a Oslo, de Nueva York a Buenos Aires o, por medio de Internet, en cualquier punto del planeta y sin salir de casa hombres y mujeres han podido saciar su voracidad de cambiar dinero por productos. ElBlack Friday ya se ha consagrado como un fasto más del calendario económico-civil global.

Móviles chinos a un euro, muebles que cuestan menos que su transporte, camisetas a peseta y calzoncillos a durillo, que diría aquella vieja canción infantil. En definitiva, toda una amalgama de productos low cost, de calidadlow cost, para salarios low cost. Un espejismo con el que sostener el nivel de consumo necesario para que, el modelo económico, mantenga la paz social. Quincalla, baratijas y mierda con la que se nos permite vivir en la ensoñación del libre mercado y evitar la frustración y los ataques de ansiedad. Porque, ni como puntual capricho, los productos de calidad media o alta ya nos son asequibles. Porque, aunque con 20 euros podamos llevarnos un saco de ropa de Primark, somos cada vez más pobres. Porque lo que podemos comprar es cada vez de peor calidad.

Esta, y no otra, es la triste realidad. Podemos enmascararla como queramos. Después de comprar, ir a tomar café en un Starbucks, subir a Instagram un selfie mostrando al mundo nuestras adquisiciones del Black Friday. Da igual, segundo a segundo y minuto a minuto seguiremos siendo más pobres. La brecha entre lo que, por ejemplo, la riqueza de Jeff Bezos, el fundador de Amazon y sus 100.000 millones de dólares, genera y tu salario o tus rentas se hace cada vez más y más grande. Él es más rico y tú eres más pobre.

Por otra parte, no estaría de más bosquejar una pequeña reflexión sobre los sobrepasados límites medioambientales de este modelo de producción y consumo y los costes ecológicos, por ejemplo, del Black Friday. Tal y como está la cosa, puede que algunos y algunas agradezcan al calentamiento global el poder ir a comprar, a finales de noviembre, en camiseta de tirantes. Pero la obtención de materias primas, la fabricación o el transporte de las fruslerías, que compramos un día tal como el Black Friday, se llevan millones de toneladas de CO2 emitidas a la atmósfera, agotamiento de recursos y producción de una cantidad ingente de residuos. Todo esto genera beneficios extraordinarios, a unos pocos, que no tienen un reflejo ni en el aumento del nivel salarial, ni en la mejora de las coberturas sociales o en la sostenibilidad de nuestro, cada vez más, precario entorno.

Un incierto y negro futuro tenemos por delante. Un futuro que ya está aquí y que llega a ritmo vertiginoso. Precarización, cambio climático, dependencia tecnológica y explotación digital, superpoblación en los países emergentes y envejecimiento y sustitución de las poblaciones autóctonas en Europa. Toda una serie de negros nubarrones que se ciernen sobre el destino de millones y millones de hombres y mujeres. Aquellos que quieran cambiar las cosas han de aguzar su sentido y perspectiva. Porque ya no basta con formular alternativas a un determinado modelo económico o a un concreto sistema político. En nuestra época, por una mera cuestión de supervivencia, se trata de construir una nueva civilización. Por el contrario, podemos seguir comprando.

 

Redacción

Un comentario en “El editorial de la semana: Black Future

  • el 26 noviembre, 2017 a las 4:02 pm
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    No existe sobrepoblación, en absoluto. Lo que existe es una mala distribución de la población. Que no nos engañen. Encima nos quieren hacernos sentir culpables de tener hijos y así favorecer sus objetivos.

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