El editorial de la semana: Constitucionalismo no es patriotismo

Con el beneplácito de buena parte de la prensa y de los partidos mayoritarios, son muchos los ciudadanos que salen a las calles de Cataluña, de sus regiones vecinas o de cualquier otro punto de España a lanzarse contra el pulso independentista. “No estáis solos”, proclaman centenares de miles de personas a los agentes de la Policía Nacional y de la Guardia Civil. Pero hasta hace poco más de un mes, los que estaban solos, y lo han estado durante cuatro décadas, han sido aquellos que denunciaban el precipicio al que el sistema autonómico abocaba a nuestro país. Ahora, con el constitucionalismo por bandera, son esos patriotas las víctimas de la exclusión y de la criminalización.

Pese a la alegría de constatar que en España existía un cierto sentimiento patriótico aletargado, sería faltar a la verdad el obviar que la denominada mayoría silenciosa era también ciertamente acomodaticia y, por qué no, cobarde. Durante el largo “procés”, y los lustros que le han precedido, casi todos los no independentistas preferían mirar hacia otro lado. No querían ser conscientes de la magnitud del choque que los separatistas preparaban. Eran muy pocos, para que engañarnos, los que se atrevían a manifestarse por la unidad de España. Y sus protestas estaban tan mal vistas que, además de la incomprensión y difamación mediática, algunos tienen las puertas de prisión ya abiertas por defender la unidad.

Fueron patriotas, alrededor de la fecha del 1-O, los que dieron comienzo a las movilizaciones no independentistas. Ni Ciudadanos ni el PP, ni mucho menos el PSOE-PSC, querían saber nada de una respuesta en las calles al separatismo. Al poco, impulsado por un frente mediático, que abarca desde “La Razón” hasta “El País”, el panorama cambió y esas manifestaciones fueron instrumentalizadas bajo la etiqueta de “constitucionalistas”.

Lamentablemente, los centenares de miles de españoles movilizados no son más que víctimas del oportunismo. Del oportunismo de un PP que pactó, aupó y engordó a los, hasta hace no tanto, “nacionalistas moderados”. Del oportunismo del PSOE, el cual, recordemos, llegó a gobernar en Cataluña de la mano de ERC. Y hasta los ya no tan advenedizos a la política, como Santiago Abascal y Vox, se suman a la rapiña del voto con argumentos propios de la corrección política y del discurso dominante. Pero de un partido, con un perfil tan mosaico y liberal, como el del señor Abascal únicamente pueden esperarse marranadas.

Cuando la tempestad separatista amaine -muy probablemente de la mano de un gran pacto político, de la promesa de una reforma constitucional y de más y más competencias delegadas- los constitucionalistas serán enviados a casa. Las banderas, que hoy cuelgan de los balcones, guardadas en el armario hasta la próxima. El fervor se evaporará para dar paso a los negociantes y vendedores de la soberanía de España y de su unidad. El Gobierno sólo quiere que todo esto finalice y pasar la patata caliente al siguiente. Mientras, gracias a las autonomías y a la Constitución, los separatistas seguirán avanzando en Cataluña y adoctrinando a generaciones de catalanes en el odio a España.

Se hace más necesaria que nunca una respuesta política patriota, social y de ruptura con el régimen del 78 y su Constitución. Querer, a última hora, salvar los muebles gracias a la Constitución de 1978 y al sistema autonómico no es otra cosa que apagar un fuego con gasolina. El proyecto de una España unida, soberana, justa y con identidad debe ser quien ponga punto y final este sinsentido.

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