Duelo al sol

En una España en la que las empresas se deslocalizan buscando climas más benignos, y el anticiclón de las Azores ha decidido instalarse sine die, el país se ha convertido en un gigantesco cine de verano. Todos asistimos a una película de sobremesa, somnolienta, de serie B. Bien podría ser una de vaqueros.

Un vendedor ambulante había conseguido mucho predicamento en la comarca a base de vender un elixir milagroso, el independentismo. Arthur More, que así se llamaba el charlatán y timador, juraba y perjuraba que los problemas económicos, los amorosos, y hasta la calvicie, quedaban solucionados gracias al novedoso licor. Para ello se valía de un gancho hábilmente dispuesto entre el público. Charlie Shitmountain, que luego le sucedería al frente del negocio cuando ya se conocían sus tretas, bebía, se desprendía del sombrero, y mostraba una indomable cabellera para asombro de la concurrencia. Junto a la banda de Ori el Gordo, un forajido que donde ponía el ojo ponía la bala, y de ahí su peligro, controlaban una población borracha de independentismo. El caos es absoluto, por lo que desde la Confederación se envía a los casacas azules y al Séptimo de Caballería, que tras la traición del alguacil local, tienen que retirarse al Fuerte. Y pagando.

Mientras, la vida discurre tensa en el Saloon. Peter, el apuesto barman, ofrece conversación y diálogo a todos sus clientes, que invariablemente le dan la espalda. El pianista, Michael Iceta, toca alocado melodías demasiado alegres para la viciada atmósfera del local. Las chicas de Anna, de vida alegre y mirada triste no tienen quien puje por ellas. Será por su aspecto machorro y olor corporal. Las partidas de póker siempre tienen el mismo ganador, al tahúr de Pujol. El mestizo y rufián limpiabotas hace su oficio a base de escupir improperios…De improvisto, empujado por su asistente River, hace entrada el sheriff Rajoy, la pistola más lenta de la Unión. Se le acerca el jefe de los Pieles Rojas, Coleta Morada, disfrazado de rostro pálido, pintado de blanco, para ofrecerle la pipa de la paz. El público grita porque sabe que contiene veneno pactista, pero no hay lugar para la preocupación. El sheriff prefiere una vez más fumarse un puro.

Shitmountain y él salen a la calle tras retarse. En direcciones opuestas caminan contando los pasos antes de girarse y desenfundar. Entonces el forajido piensa que la muerte tiene un precio, y que por un puñado de euros no merece la pena. Aquejado de repentinos dolores abdominales, corre detrás de un cactus para aliviar la tensión. El sheriff se gira y no ve a nadie. Desconcertado proclama: “Entonces, ¿hay duelo o no hay duelo?”.

Continuará…

Carlos Campano

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