El editorial de la semana: ¡No nos engañan Cataluña es España!

Detrás de esa patraña grotesca del referéndum independentista de Puigdemont, en las provocaciones chulescas y socarronas de Rufían en el Congreso, tras las camisetas y la sonrisa sardónica de Anna Gabriel, agazapado en el apoyo a los separatistas por parte de Pablo Iglesias, Alberto Garzón o Juan Carlos Monedero sólo se esconde una realidad. Esta realidad es el odio hacia España y hacia todo lo español. La xenofobia y la exclusión por motivos ideológicos es lo que subyace en la ofensiva que el independentismo, con el apoyo de Unidos Podemos, ha lanzado contra la convivencia pacífica entre los españoles. La democracia, el derecho a decidir y toda la consiguiente sarta de sandeces que sale por las bocazas de estos individuos no viene sino a esconder su determinación en la demolición de nuestra nación.

Han sido necesarios cuarenta largos años para que las conciencias de muchos españoles se hayan despertado. Han sido cuarenta años de concesiones a los independentistas, de competencias delegadas a las comunidades autónomas para que se adoctrine a los niños y jóvenes en el odio a España. Cuarenta años de una organización territorial del Estado absolutamente suicida que ha financiado, y seguirá financiando, a aquellos cuya intención es hacerlo saltar por los aires.

Décadas en las que se han impuesto hechos diferenciales quiméricos y de manufactura a gusto. En los que los símbolos del Estado, los que nos representan a todos, han sido postergados, mancillados y pisoteados impunemente. Durante los cuales los separatistas han ido ganando peso social, de forma inequívoca, y desplazado, mediante la coacción y la violencia, a aquellos que no lo eran. Años y años en los que se ha tenido que decir en voz muy baja que uno se sentía español, en los que la bandera de España sólo podía exhibirse -si acaso- tras alguna victoria de la selección. Un largo tiempo en el que los independentistas han insultado y agraviado a todo un país desde parlamentos autonómicos, las Cortes, medios de comunicación o actos institucionales.

Aunque tarde, ha llegado el momento de plantar cara a los separatistas. Que la ciudadanía salga a las calles a manifestarse por la unidad es lo más preciado que nuestro país ha sacado, de sí mismo, en estos preocupantes momentos. La unidad de España no podrá salvaguardarse eternamente mediante sentencias, fiscales, guardias civiles y policías. Es la gente de a pie a la que temen los de la CUP, Esquerra o Puigdemont. Porque la movilización independentista solamente puede ser acotada y frenada por otra de signo integrador y unitario. Y el mensaje hostil y de rencor irracional del separatismo únicamente puede ser neutralizado, de forma efectiva, por esos ciudadanos que están saliendo a las calles con sus rojigualdas y senyeras. El valor de los catalanes que no quieren doblegarse ante el sinsentido independentista es la clave de la victoria. A ellos, a esos millones de compatriotas sometidos en Cataluña a unas autoridades segregacionistas debemos mostrar todo nuestro apoyo y solidaridad.

A la calle porque es lo único que nos queda. Ya habrá tiempo para análisis y reproches políticos. Hoy el grito ha de ser unánime. Por encima de siglas, partidos, filias y fobias. Aquellos que no queremos que Cataluña caiga bajo la tiranía de saqueadores y sectarios hemos de estar, codo con codo, en la defensa de España.

 

Redacción

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