El editorial de la semana: La rentabilidad política del plomo

Se cumplen veinte años del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Cuando etarras, con decenas de muertes a sus espaldas, salen de las cárceles habiendo cumplido una fracción irrisoria de sus condenas y su brazo político ocupa una buena porción de representatividad en las instituciones, hablar de “la victoria del Estado de Derecho sobre el terrorismo” es un giro retórico triunfalista que no se ajusta con la realidad histórica. Mucho más flagrante es el alineamiento de una parte muy importante de la izquierda con el entorno etarra y, necesariamente vomitivo, el seguidismo del PSOE a las ambiguas y contemporizadoras posturas de Unidos Podemos respecto al terrorismo independentista.

Lo feliz y deseable hubiese sido una victoria total y aplastante del Estado sobre la banda independentista de izquierdas ETA. Pero no nos engañemos, ha sido el tiempo el que ha infringido a la organización terrorista su mayor revés. ETA nació al calor de los movimientos de descolonización y del fervor comunista que cundió entre buena parte de la juventud, sobre todo la universitaria, allá por los años 60 y 70, alcanzando su punto culminante en el famoso mayo del 68. La Fracción del Ejército Rojo, en Alemania, o las Brigadas Rojas, en Italia, fueron algunas de las organizaciones terroristas, homólogas de ETA, que sembraron de muerte y sangre las calles de muchas ciudades de Europa occidental.

En la actualidad, cuando nuestras sociedades están siendo azotadas por el indiscriminado terrorismo islamista, la opinión pública no entra a distinguir entre un terrorismo malo y un terrorismo “bueno”. El terrorismo es terrorismo. Las simpatías y justificaciones que los crímenes de estas bandas y organizaciones pueden tener entre el ciudadano medio han caído en picado en el precipicio del testimonialismo.

Durante estos días, se escuchan y pueden leerse, hasta la saciedad, loas al denominado “espíritu de Ermua”. Que no fue otra cosa que la domesticación, por parte de los partidos políticos y del Ejecutivo, del hartazgo popular ante los crímenes de la banda. En aquel mes de julio de 1997, el Gobierno, presidido por José María Aznar, hubiese podido, con la adhesión mayoritaria de los españoles, fulminar a ETA y a su entorno político. La victoria policial y política sobre ETA y el independentismo fue, por unos días, posible. Sin embargo, la atemperación de los ánimos por parte de un Gobierno timorato supuso muchos años más de terrorismo, decenas de muertos y la supervivencia –pese a las sucesivas ilegalizaciones- del brazo político de la banda.

Sin embargo, el Partido Popular, en La Moncloa en 1997 y en la actualidad, se decantó por una ineficiente victimización y, en estos días, por la instrumentalización partidista del cobarde asesinato del concejal de Ermua. Un uso demagógico muy del gusto de los medios de comunicación que, por otra parte, olvidan y condenan al ostracismo a otras víctimas del terrorismo independentista y de extrema izquierda.

“Pensamos que en el día que Lequeitio o en Zubieta se coma en hamburgueserías y se oiga música rock americana y todo el mundo vista ropa americana y deje de hablar su lengua para hablar inglés. Cuando todo el mundo esté, en vez de contemplando los montes, funcionando con Internet, para nosotros será un mundo tan aburrido que no merecerá la pena vivir”. Estas eran las declaraciones que, en el año 2003, el líder independentista Arnaldo Otegui realizaba para el documental “La pelota vasca”.

Esa es la triste realidad en la que hoy deben vivir Otegui y los suyos. No muy distinta de la del resto de España y Europa. Es decir, que a pesar de haberse reído, mofado y vivido a costa del Estado al que tan opresor consideran, los independentistas en la Comunidad Autónoma Vasca, apegados a sus españoles paisajes y tradiciones, deben sentir la frustración de verse fagocitados por la vorágine de la globalización. Los mercados, la inmigración masiva y los poderes financieros han barrido el sueño de aquellos que bobaliconamente creían poder resistir, como la aldea de Astérix, el envite de un mundo homogéneo.

Y que es el triunfo definitivo sobre los asesinos independentistas no sólo debía pasar por las detenciones y cárceles, sino por recuperar para España el alma de esas tierras verdes y de su gente. Ahí radica la verdadera victoria sobre ETA que, lamentándolo mucho, aún no llega a vislumbrarse. Solamente en una España unida y fuerte, frente a la globalización, pueden encontrar los vascos, junto con el resto de españoles, una garantía para la supervivencia de su identidad.

 

Redacción

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