El editorial de la semana: ¡Sobreviviremos!

Dicen que la cara es el espejo del alma. Por lo tanto, las toneladas de basura y ríos de meados que el éxtasis de la celebración del World Pride dejó ayer sobre las calles de Madrid denotan el trasfondo de podredumbre y miseria de esos fastos igualitaristas. Lo que subyace tras la bacanal arcoíris no es más que una operación de ingeniería social de dimensiones planetarias. Algo obvio, pero difícil de ver para las turbas que, calimocho o yonquilata en mano, deambulaban sin rumbo fijo por las calles de la capital.

Únicamente, hay que analizar como las grandes firmas, las multinacionales, en definitiva, los mercados se han convertido en los grandes impulsores de este tipo de eventos. El modelo económico, promoviendo una forma de vida biológicamente anodina, tiene por objetivo diezmar demográficamente a Europa occidental. El paso siguiente es sustituirnos –de hecho, ya lo estamos siendo- por millones de inmigrantes. Personas procedentes de países en vías de desarrollo que son una suculenta masa de mano de obra barata y, sobre todo, dócil a la hora de plantear ningún tipo de protesta ante incesante recorte de derechos de índole laboral.

Y es que este es otro capítulo de esta historia. La izquierda cacarea que las políticas de género y los esperpentos como el que ayer acaeció en Madrid son un avance en materia de derechos e igualdad. Pero conforme el diseño social avanza y las leyes más extravagantes son promulgadas, las garantías básicas de los trabajadores se van diluyendo y las desigualdades sociales y la brecha salarial se hacen cada vez más grandes. Carmena, Iglesias, Pedro Sánchez y los demás figurones de la izquierda caviar se mueven mucho más a gusto sobre una carroza del Orgullo que tras una barricada. La bandera roja se destiñe para quedarse arcoíris.

Desde su posición, la derecha no le va a la zaga. Si había alguna duda sobre el chaqueterismo en cuestiones capitales del PP, ayer quedaron absolutamente disipadas. Es una constante que se remonta a hace algo más de cuarenta años, en los albores de la Transición, y que ayer Andrea Levy, Javier Maroto y Cristina Cifuentes confirmaron ubicándose tras la pancarta principal del Orgullo. Cabe preguntarse si este espectáculo vergonzoso removerá la conciencia de los católicos que votan al PP. Lamentablemente, los precedentes hacen pensar que no.

Habría que hacer una breve reflexión sobre algunos de los cientos de miles de figurantes del día de ayer. Modernos y modernas, paletos y paletas y quinquis y chonis para los cuales cualquier excusa es buena para engancharse una buena cogorza en la calle y, a ojos de la Policía Municipal y Nacional, infringir todas las disposiciones legislativas y reglamentarias en materia de civismo y urbanidad. Más allá del número, poco pueden aportar estas personas que ayer se sumaron al World Pride y mañana lo harán a otro jolgorio.

Por último, quedan todos esos millones de españoles que ni fueron al Orgullo ni tampoco les gusta. Un porcentaje importante de la población española que, más que nunca, sufre en silencio y en soledad esta situación. Que está cercada por el acoso mediático y la amenaza de exclusión social. Esos españoles que si expresan su opinión sobre su concepto de familia o el modelo de sociedad son linchados y lapidados por tertulianos, reporteros, políticos, profesores, fiscales y policías. Son esas personas que esta locura suicida colectiva pretende convertir en anormales y condenarles al ostracismo.

A ellos habría que decirles que tienen dos opciones. La primera, la autocensura y la frustración de la cómoda cobardía ante una realidad que les resulta hostil. La segunda, el valor y el hacer uso de su inteligencia para apoyar a las opciones sociales y políticas que, en mayor o menor medida, se oponen a la endofobia y a la destrucción de los cimientos de nuestra civilización.

No podrán reducirnos y no podrán acabar con nosotros. Cada vez que un niño español nace, cada vez que un europeo y una europea se unen y anhelan poder traer un día al mundo a una criatura supone una derrota para los mercados y para los que, a través de nuestra extinción, quieren convertir a España en un país con los mismos derechos que Vietnam o Indonesia. Europa y España se sobrepusieron, a lo lago de la historia, en sus peores momentos. De los escombros de Roma surgieron las catedrales del gótico y las cúpulas del Renacimiento. Igualmente, de los escombros sociales de esta época tienen que surgir unos nuevos valores que aseguren la supervivencia de nuestra gente. Pero si toda decadencia es portadora de un renacer, ningún resurgimiento tuvo lugar sin esfuerzo, sacrificio y lucha.

 

Redacción

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