Follemos

Me han pedido hace unas horas que escribiera unas líneas sobre Pablo Iglesias y la puesta en escena de ese espectáculo de cochambre que ha sido la moción de censura. Árida cosa. Y venía del trabajo pensando, cavilando ahogado por este calor africano qué pudiera plasmar en la hoja, y nada se me ocurre.

Y divago y no puedo evitar recordarte, Pablo, en los tiempos de la facultad de Derecho a finales de los noventa, tan progre y tan melindre, con el pelo largo y lacio, mucho más de lo que lo llevas ahora, con una cara tan aniñada y esa voz atiplada, que hizo que la primera vez que hablamos tardase un buen rato en descubrir que eras varón. En fin. Ahora, veinte años después cuando te veo por televisión, me sigues pareciendo el mismo, con tu misma demagogia, con tu mismo lenguaje y con tu misma cobardía.

Pero el caso es que lo que me fascina de ti, Pablo, no son tus propuestas, tampoco tu falta de vergüenza para decir una cosa y al poco tiempo lo contrario, o tu mala leche, esa que te hace inevitable mostrar un rictus de asco, una mueca por la que se dijese que siempre llevas cerca de ti un bote de mierda, sino algo que no he visto apuntar a nadie: tu nepotismo venéreo.

Cuando lo tuyo con Tania Sánchez iba viento en popa, muchos te echaron en cara esa relación y de qué manera encumbrabas a tu compañera de cama hasta lo más alto del partido. Y yo me dije: “bueno tampoco es para tanto, la chica ya se ha corrido un buen trecho en esto de la política y no será más que coincidencia”. Pero claro, cuando al sustituirla por Irene Montero vi que la convertías en primera dama…Y ojo, que del cambio no digo nada, personalmente creo que has salido ganando; cierto morbo tiene la chica. Pero claro, la cosa no sé cómo podrás explicarla a los tuyos. Y es que de seguir así el símbolo del partido debería ser tu entrepierna. A tan preciado macho alfa de la izquierda bien merecería que la alcaldesa de Madrid le levantara una estatua, y que si Cela le dedicó un libro al cipote de Archidona, tu verga no siendo menos, ya no un libro sino que debiera esculpirse en un alto relieve el perfil de tan mágico falo en el frontispicio de la Biblioteca Nacional. Propón en asamblea que así sea, que quien la toque quede investido de los dones que tal apéndice proporciona; que se reverencie como se merece y que, como si de Excalibur se tratara, quien sepa asirla bien, sea la elegida.

Ahora empiezo a dar verosimilitud a aquellos que decían que cuando fundaste el partido dijiste: “Ya lo tengo, lo llamaremos ¡Follemos!”. Que cuando montaste el tinglado lo que buscabas era desfogarte a placer ya que hasta entonces la asignatura de la jodienda la tenías siempre pendiente. Ya no sé qué pensar. ¡Qué les das Pablo, qué les das!

Miguel Cristóbal

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