El editorial de la semana: Correr es de cobardes. Homenaje a un héroe español

Cuando cientos o miles de personas huían, presas del pánico, ante la embestida y cuchilladas de tres perros del desierto sólo unos pocos hicieron cara a los asesinos islamistas. Entre ellos, un hooligan inglés y dos españoles. Uno, Sergio Fariña, evitando que los terroristas entrasen en un restaurante para proseguir con su carnicería. Otro, Ignacio Echeverría, haciendo frente y abalanzándose contra los yihadistas que apuñalaban y se ensañaban con una víctima.

Solamente un puñado de hombres no corrieron, no grabaron con sus teléfonos, no salieron despavoridos. Han pagado su precio en sangre. Y, en el caso de Ignacio Echeverría, con su propia vida.

La insolidaridad, el individualismo y la cobardía de quienes corrieron es lo más flagrante de los hechos que ocurrieron en las calles de la capital británica. El tipo humano generado -o degenerado- por esta sociedad occidental, blanda y timorata, no quiere arriesgarse por nada ni por nadie.

A la realidad sangrante del terrorismo no se le puede aplicar, como si de un selfie, se tratase, un filtro. Ante los terroristas no cabe exigir una hoja de reclamaciones o llamar a atención al cliente para quejarse. Para los ciudadanos-consumidores, a esas personas que en una muestra del exclusivismo más absurdo quieren vivir eternamente, su única vía es la de la carrera medrosa y egoísta. ¿Por qué van a querer jugarse la vida aquellos que quieren ser jóvenes para siempre?

Si un ataque similar se produjese en el país de procedencia de alguno de los asesinos puede que hubiese más víctimas porque, en vez de cuchillos como en Londres, los terroristas estarían equipados con armas de fuego y explosivos. Pero es seguro que también tendrían lugar un número mayor de gestos valerosos y de arremetidas contra los que siembran la muerte. En Europa no ocurre así. En Europa la masa, ante tres cuchillos, corre en estampida como si de ganado se tratase.

Los héroes de Londres no son hombres de otra época. No están inmortalizados en ningún lienzo con un fondo de bruma de batalla, su efigie no aparece en ninguna medalla y su figura no ha sido fundida en el bronce de una estatua. Son personas de hoy en día que antepusieron el nosotros al yo. Que desobedecieron las consignas policiales de correr y poner los pies en polvorosa y, gracias a ello, salvaron vidas. Un rayo de esperanza en cielo cubierto por las tinieblas de la mezquindad y de la cicatería vital.

Hay quien dice que «los cementerios están llenos de valientes». Frase ésta paradigmática de los hombres y mujeres de la sociedad actual. Pero gracias a esos valientes que llenan los cementerios, entre otras cosas, Europa fue el faro que guió a todo el planeta hacia la luz y la justicia. Una abnegación inconcebible para quien degusta un café en un Starbucks o cuyo mayor anhelo es disponer del último modelo del iPhone.

Efectivamente, los cementerios están llenos de valientes y, como en el caso de Londres, queda comprobado que Europa necesita más valientes como Ignacio Echeverría. Porque si fosas y sepulturas albergan los cuerpos de muchos valientes están mucho más repletas de cobardes que murieron en vano y sin dignidad alguna.

Gracias por tu ejemplo y gracias por tu sacrificio, Ignacio. Siempre es preferible morir como un valiente porque correr es de cobardes.

Redacción

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