El despatarre heteropatriarcal

Ya sabíamos que a las libertadoras de mujeres les molesta la forma de hablar de los hombres. También su forma de andar, de mirar y de respirar. Hasta rascarse la barba constituye un micromachismo ofensivo para estas pájaras. Y por supuesto, su forma de sentarse también es una agresión falócrata.

Las chicas de las axilas peludas se han puesto como nuevo objetivo obligar a los hombres a sentarse como a ellas les de la gana. Faltaría más. Y esta nueva idiotez se quedaría en un delirio más de estas histéricas, si no contaran con el apoyo de ayuntamientos como el de Madrid o Barcelona, que ya han anunciado la puesta en marcha de campañas para visibilizar la agresión del “Manspreading”, que viene a ser “el despatarre masculino”. Sólo masculino, claro. Ellas se sientan siempre con la clase y el recato que las caracteriza.

El hecho de que a las mamarrachas del “machete al machote” les dé por esta nueva tontuna ya no sorprende a nadie. Obviamente se trata de individuas con pocos problemas reales, mucho tiempo libre y un resentimiento enfermizo hacia todo lo masculino. El “Despatarre” es lo que ahora se conoce como problema del primer mundo. Es decir, a una chiquilla que trabaje 16 horas por 50 céntimos al día, a una niña a la que acaban de practicar una ablación o a una mujer a la que van a lapidar, el tema de la visibilidad de la agresión del “Despatarre” le debe parecer, como poco, insultante.

Y es que querer ser siempre víctima de todo hace que las víctimas de verdad se vuelvan invisibles entre tanta tontería.
Los llamados colectivos feministas se han vuelto especialistas en cacarear de forma desagradable por cualquier cosa irrelevante y cerrar los ojos ante auténticos atropellos. Montan el circo por el despatarre masculino y no lanzan ni medio tuit para reclamar bajas de maternidad con una duración aceptable, se manifiestan contra el ajedrez por ser un juego “machista” y a la vez aplauden el burka. Piden cortar en pedazos al albañil que les lanza un piropo y exigen tolerancia y diálogo con el terrorista que nos asesina en nombre de Alá.

Las feministas se han convertido en las conductoras de la sociedad. Pero no nos conducen a la libertad, nos llevan al suicidio. Y dando vergüenza ajena, encima.

Ana Pavón

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